viernes, 25 de enero de 2019

EN MEMORIA DE ANTONIO ROMAN


Hay ocasiones en las que me gustaría tener el don de la palabra escrita. Incluso sin ser pretencioso, ser capaz, simplemente, de hacer llegar mis sentimientos a un papel tal cual habitan dentro de mí. Porque solo con juntar palabras, a veces no es suficiente y temo que esta es una de ellas.


Conocí a Antonio desde el momento de mi ingreso en la Escuela de Montes. Ambos pertenecíamos al equipo de atletismo de la Escuela. A ese legendario equipo del que ya he contado historias aquí. Desde ese momento supe que él era una persona diferente. Mi ignorancia y mi bisoñez no me permitían distinguir en qué era diferente y solo con los años pude ir descubriéndolo.

La sensibilidad.

Esa cualidad de la que muchas personas carecemos y nos hace perder una buena parte de las cosas que jalonan nuestra vida: interpretar los sonidos, apreciar los matices, encontrar la belleza en los objetos.

Sentir.

 Cosas que pasan desapercibidas y que solo los artistas encuentran con la facilidad con la que un vidente reconoce en un mundo de ciegos.

Saber sentir.

Antonio era un artista con una enorme sensibilidad. Su amor por la música le condujo a explorar hasta lo más profundo uno de los instrumentos con más capacidad de expresar los sentimientos humanos: el violonchelo. Y de ahí a trabajar en varios programas de música  en Radio Clásica, con una fiel audiencia que sabía dejarse guiar por su amplio conocimiento, por su sencillez y por su vital característica, la sensibilidad.

Una de las aficiones que compartimos en su momento fue la de los minerales. Y uno de los recuerdos más gratos que tengo de aquella época fue el día que me regaló un cristal de pirita incrustado en su matriz. En aquel momento me enseñó que la belleza del cristal no radicaba en él, sino en el conjunto. Me hizo ver cómo el cristal dorado brotaba de la roca y su perfección contrastaba con la tosquedad de esa piedra parduzca y deforme de la que manaba.

Lo bello no era el cristal. Lo bello era el vínculo de ambos.

Con los años comprendí que aquello que me enseñó sobre los minerales, también valía para cualquier otro elemento de la naturaleza y, principalmente, para las personas. Las cualidades más hermosas brotan de una matriz imperfecta y tosca, pero somos el conjunto. Brillantes y coloridos cristales insertados en un cuerpo con aristas, con errores, con imperfecciones.

Apreciar ese vínculo entre lo sublime y lo vulgar es la máxima expresión de la tolerancia.

Antonio salió a la montaña a sentir bajo sus pies la tierra, dejando que el viento frio golpeara su rostro y descubriendo nuevos matices en las rocas, en las plantas, en el cielo, en el aire. Y allí murió.

Esta vez no le dio tiempo a compartirlo.

Compartir. Sentir.

Las personas dedicamos mucho tiempo a las tareas cotidianas, rutinarias, importantes o no, pero dejando de lado transmitir sentimientos. Hoy siento la necesidad de abrir de nuevo el blog para compartirlo, con vosotros, y sobre todo con mi hermana y con mis sobrinos, sus compañeros de viaje.

Compartir su tristeza y su ausencia, pero también alentarles para seguir su camino. A encontrar en la tierra, en el aire, en la luz, en la montaña, la sensibilidad que les dio vida.

A sentir la vida.

Para Inma, Laura y Pablo.

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