Cada vez me encuentro con más
gente dedicada al más allá del atletismo. Me refiero exactamente al significado
del prefijo “ultra”… más allá.
Corredores que desplazan la coma
de su personal sistema métrico decimal a capricho y no temen enfrentarse a
pruebas de larga …, mejor decir … larguísima distancia.
Como Forrest Gump … pero a lo
bestia.
Corredores que entrenan decenas
de kilómetros al día y solo son felices si el entrenamiento se hace en las
condiciones más difíciles de entre lo disponible: un camino es una autopista
asfaltada, un sendero es considerado un lujo casi despreciable, el campo a través con la mayor
cantidad de piedras (mejor si están sueltas) va resultando atractivo. Y … en
cuesta. En cuesta … cuesta. Cuestas que no falten. No vale una rampa tendida.
No. Vale tener que apoyar las manos en las rodillas antes de hacer estallar los
cuadriceps. Vale roca. Vale piorno.
Y las bajadas…. A tope. A puro
brincocabra.
Y cuando es en bici, otro tanto
de lo mismo. Salir por el Valle Amblés o el Campo Azálvaro es Verano Azul. Hay
que meter caña en las rampas de la Paramera o, si es algo más lejos, probar
algún cortafuegos del Tiemblo o del Tietar. Mejor ahora que cuando están
repasados. Ahora tienen regatos y torrenteras y se disfruta más.
Y cuando se tercia, se cambia la
bici de montaña por la de carretera y se meten unos puertos para no dejar pasar
el día sin una emocionante bajada después de la inevitable subida.
Así es.
Y yo lo veo con cierto
desconsuelo, mezclado con algo de envidia y también de alivio. ¿Me engancho?
¿Me descuelgo? Soy una nenaza. ¿Soy una nenaza? En mi momento (esa edad en la
que estás para hacer las cosas que quieres porque no tienes demasiadas
ocupaciones y porque el cuerpo está entero) me dediqué al maratón como máximo
exponente del esfuerzo supremo. Desde los 15 años. Demasiado tierno aún. Es
verdad que existía alguna carrera de 100 km, pero no corrían más allá de sesenta
u ochenta corredores. Luego comenzaron las carreras y maratones de montaña y, a
partir de ahí, la fiebre “ultra”. Acompañada de otras carreras en las que
decididamente se busca castigar al corredor: reptar en el barro, superar
alambradas, muros que se salvan con cuerdas…
Ahora, aunque tenga tentaciones
de bajar corriendo desde el Zapatero a Sotalbo, después de haber subido, me
aterroriza pensar en mis rodillas o en mis pies tras semejante descenso.
Y todos los que se dedican a esto
me dicen siempre lo mismo: Nada es igual a lo que tú has hecho; correr por
asfalto o por caminos. Olvídate del tiempo. Quítate el reloj y sal a correr por
el monte al ritmo que quieras. Camina si lo necesitas. Sube despacio. Baja
relajado. Disfruta del monte.
Y mis rodillas y mis pies me
miran con esa carita de susto, me hacen pucheritos y me dicen en un casi
inaudible susurro… no… por favor … no … otra vez no.
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