sábado, 9 de octubre de 2021

LA FOTO DEL RETIRO


 22 DE NOVIEMBRE DE 1980.

Gonzalo vio al fotógrafo desde unas decenas de metros antes. Más que verlo lo adivinó entre la espesa niebla que aquella mañana, envolvía el Parque de El Retiro madrileño.

Tener las clases de la Universidad por la tarde, había trastocado toda la organización de su tiempo, sus hábitos y sus compañías. Tenía que entrenar solo y, además, si quería aprovechar la mañana, tenía que hacerlo temprano. En caso contrario se quedaría en la cama hasta que su conciencia le reprochase su vagancia y le obligase a espabilar para enfrentarse al soporífero Maham de Química o al no más ameno Lang de Cálculo infinitesimal, cuyas extensas explicaciones se ocultaban como jeroglíficos indescifrables.

Tirarse de la cama y salir a correr. Si no entrenaba estaría de mal humor todo el día.

Así que aquella mañana se fue a rodar al Retiro como hacía últimamente. El Parque Calero se  quedaba demasiado pequeño, obligándole a dar más vueltas de las razonables como para no sufrir la tentación de abandonar una o dos antes de lo previsto.

Hacía frio. Esas mañanas gélidas de Madrid en las que la humedad cala los huesos. Una camiseta de manga corta y una fina sudadera no era ropa suficiente para abrigar. No había cogido guantes ni gorro y le dolían las manos y las orejas. Esas eran las consecuencias de ser friolero. Y despistado. Así que Gonzalo aumentó el ritmo para tratar de entrar en  calor.

Cuando llegó al Retiro se encontró el Parque sumido en la bruma. Abandonar las calles con el movimiento de las personas y el ruido de los coches para adentrarse en los caminos solitarios y silenciosos era como cambiar de mundo. A esa hora apenas había algún paseante, obligado por la necesidad de sacar al perro antes de la jornada laboral y algunos jardineros recortando los setos que delimitaban los paseos interiores.

La niebla amortiguaba el poco ruido que traspasaba la arboleda y proporcionaba un ambiente casi irreal.

Al salir al paseo lateral del estanque aumentó la luz. Los árboles se apartaban para dejar espacio a aquella lámina de agua sobre la que flotaban algunas barcas recogidas en una esquina. En el extremo opuesto un complejo grupo escultórico se elevaba entre las columnas sobre una gran escalinata.

Un paisaje solo para el disfrute Gonzalo. Ralentizó el ritmo y se dejó atrapar por las sensaciones. Él era la nota discordante entre tanta quietud. Se sentía el dueño del parque. Construido solo para que su disfrute en aquel momento único. Vacío, para que nada alterase la quietud.

Silencio. Soledad.

Entonces vio al fotógrafo. La cámara sobre un trípode enfocando el estanque con toda la columnata de fondo. La niebla difuminando los contornos. Un tono grisáceo sobre el que destacaba el color rojo de las barcas.

Gonzalo escuchó el disparo justo antes de girarse hacia la cámara. El fotógrafo le había esperado para captar su imagen en movimiento en aquel lugar. Ese momento quedó recogido en su memoria a la vez y de la misma manera que en el rollo de película de la cámara. Imaginó la foto con su figura recortada sobre la barandilla del estanque con el fondo casi borrado por la niebla de aquel conjunto. No le hacía falta verla. No le hizo falta verla nunca. Fue suficiente la imaginación y el recuerdo.

17 DE JULIO DE 2018. 

Gonzalo se encontraba de viaje por motivos de trabajo en Nueva York. Nunca perdonaba una carrera matinal por el Central Park. Se sentía como Dustin Hoffman en Marathon man, …salvando todas las distancias, que no todas eran a favor del actor.

Aquella tarde su compañero Sam, también corredor, le prometió que le llevaría a beber cerveza a un típico y famoso pub, cuyo dueño había recorrido el mundo participando en todo tipo de carreras. Fotógrafo de profesión, la exposición que decoraba las paredes del local constituía una colección histórica para todos los amantes del atletismo, que frecuentaban el lugar como uno de los templos sagrados del running neoyorquino.

Aún no había mucha gente así que Gonzalo y Sam pudieron disfrutar con una pinta en la mano recorriendo las imágenes colgadas de las paredes y comentando las hazañas de muchos de los atletas que allí compartían aquél “Hall of Fame”. Fotos de la salida del maratón de Nueva York, de sus legendarios ganadores, de corredores anónimos, de muchos lugares emblemáticos de carreras por toda la geografía mundial: algunos tan conocidos como París, Londres, Roma o Tokio, otras fotos más personales en las que una pequeña tarjeta de cartón indicaba su localización.

Entonces la vio. Casi se le cayó el vaso de la mano.

Allí estaba colgada aquella foto que desde hace casi cuarenta años llevaba guardada en su memoria: la foto del Retiro. La foto de aquella fría mañana de niebla. Tal cual la había imaginado: el encuadre, el color, la textura.

Aquel corredor era él.

Dio un largo trago a su cerveza solo para deshacer el nudo que se le estaba formando en la garganta y amenazaba con desatar sus emociones. Cuarenta años después, Gonzalo seguía corriendo, pero ¿Cuánto de aquel muchacho que aparecía en la foto quedaba en la persona que la estaba contemplando? ¿Cuántos de sus sueños, de sus esperanzas, de sus proyectos, se habían cumplido? Encontrarse con aquella imagen de sí mismo, aquella foto que había guardado en su memoria tanto años después, le hizo retroceder al momento exacto del disparo y recordar ese día, ese lugar, ese instante como si estuviera pasando de nuevo. Y desde ahí, recorrer vertiginosamente su vida hasta el presente.

Aquella foto, aquel trozo de papel, era exacto a la imagen que él dibujó en su cabeza tantos años atrás.

Por un instante sopesó decírselo a Sam. También contarle su historia al dueño del local, a aquel fotógrafo con quien coincidió una mañana cualquiera, en un lugar concreto del mundo, en un breve intervalo de tiempo, hace tantos años, para compartir una imagen, que ahora, décadas después veía impresa.

-Sam, te invito a otra pinta y …. Recuérdame que un día te cuente la historia de una foto.


domingo, 1 de agosto de 2021

ADIÓS PAPÁ. (EN RECUERDO DE MI PADRE)

 

Mi padre falleció hace ahora justo un año.

Al poco tiempo escribí unas líneas. Este blog, Correr como los ángeles, recibe su nombre de los "ángeles" de la familia y, de alguna manera, después de escribir aquí tantas cosas sobre él, necesitaba que aquellas también quedaran recogidas en esta "cibermemoria". Pero pasaban los días y no lo hacía. Y no han sido pocas las veces que lo he intentado.

Y me sigue costando. Pero quiero desempolvar este blog y volver a escribir sobre carreras, deporte y otras rarezas. Ahora, un año después, las dejo como homenaje y recuerdo a mi padre, de quien siempre recibí apoyo, consejo y aliento sin agradecérselo en su justa medida, como casi siempre hacemos los hijos.

ADIÓS, PAPÁ.

“Lo correcto es decir que las carreras se celebran porque correr es una fiesta”.

Así se expresaba mi padre en una entrevista que le hicieron hace unos años para un diario digital.
Y así lo vivió durante su vida de corredor.

“Esto yo no me lo pierdo”.

Recién concluida la primera edición del maratón de Madrid, en 1978, mi padre decidió que estaría en la siguiente. No tardó mucho en ponerse a entrenar, una vez liberado parcialmente de las enormes obligaciones que le había supuesto sacar a su familia adelante: había estudiado una carrera universitaria con nosotros tres por medio (dando mucha guerra), había estado pluriempleado durante años y ahora, por fin, podía permitirse dedicarse un tiempo para él. Y sería corriendo.

Y así empezó.

Su vida de corredor se puede seguir pormenorizadamente a través de sus inseparables agendas anuales, donde anotaba con cuidadosa regularidad todos y cada uno de sus entrenamientos y sus competiciones, contabilizando los kilómetros recorridos.

En sus últimos años, aquellas agendas eran el apoyo que le ayudaba a comprobar los datos que se iban borrando de su memoria cuando cualquiera de nosotros, sus hijos, sus nietos o sus amigos nos acercábamos por casa a ver qué tal andaban mi madre y él. Sesenta y un años juntos, construyendo.

Mi padre disfrutó de una vida larga y activa. Nunca podré agradecer lo suficiente a todos sus amigos del Retiro que, aun cuando ya apenas corría unos pocos pasos, siguieran llamándole para citarle a los desayunos del Corretiro, su equipo, a un paso del parque donde recorrió miles y miles de kilómetros.

Una de las cuestas del circuito de cinco kilómetros de ese oasis madrileño, fue, en su día y por sus compañeros de entrenamiento, bautizada – y rotulada debidamente- como "Cuesta de Ángel", por el eterno y cabezón empeño de mi padre en cambiar de ritmo desde su inicio hasta el final.

Tampoco quiero olvidar a los chicos del equipo de Rugby de Veterinaria que los últimos años le animaron a participar en la San Silvestre Vallecana acompañándole y protegiéndole en la carrera como un pack de forwards, permitiéndole disfrutar durante la primera mitad de cada año de tan magnífico recuerdo y soñando la otra mitad con la siguiente edición.

Mi padre, además de ser mi padre, era otro amigo y compañero más de carreras. Compartimos muchas competiciones juntos y unos cuantos maratones por el extranjero. Hablábamos con frecuencia de nuestros entrenamientos, de las competiciones, de nuestros camaradas de afición. Tras cada carrera, la primera llamada que recibía era la suya, para preguntarme qué tal me había ido. Entonces charlábamos un rato del frío que había hecho, de las marcas, de las cuestas, de los recuerdos que me habían dado Carlos, Enrique, Félix, Sergio o Miguel para él y siempre, siempre, siempre, concluía con un clásico: “cuando tengas mi edad ya verás cómo no puedes correr tan deprisa”, que siempre, siempre, siempre, nos llevaba a una eterna discusión nunca acabada.

La vida de mi padre fue una larga carrera y creo que, a pesar de sus duros comienzos, la celebró. No lo tuvo fácil, pero fue superando obstáculos gracias a una de sus más admiradas virtudes: la tenacidad. Mi padre no se rendía. Acompañado durante toda su vida por mi madre, fue tejiendo con esfuerzo una sólida red en la que criarnos y educarnos y durante mucho tiempo pudo disfrutar de nuestros pequeños éxitos y ayudarnos en nuestros momentos más difíciles.

Sus últimos días en el hospital fueron difíciles. Verle inmóvil después de recordarle tantos años corriendo en el polideportivo de La Concepción, en el Retiro, en los pinos de Béjar o en las carreras que compartíamos, fue duro. Verle luchar sin rendirse, apurando el último resquicio de sus pulmones para prolongar una zancada más la vida…

Y también es difícil escribir sobre ello. Podría contar tantas cosas… pero todavía se me hace un nudo en estómago, mi cabeza no acierta con las palabras ni los dedos con las teclas.

Tampoco hace falta. Muchos de vosotros le conocisteis y compartisteis con él esos pequeños momentos que, al final, son los recuerdos más duraderos. 


miércoles, 2 de junio de 2021

EL DÍA QUE UN PORTERO PREBENJAMIN DE LA SECCIÓN DE HOCKEY PATINES UNIÓN MAÇANETENCA LES DIO UNA LECCIÓN DE FAIR PLAY A LAS ESTRELLAS DEL DEPORTE

 


Supongo que esto que os voy a contar pasa con frecuencia en muchos deportes todos los fines de semana. Tampoco es tan extraño. Afortunadamente no es tan extraño. Probablemente va dejando de ser normal conforme los equipos de chicos o chicas se van haciendo más mayores hasta convertirse en una excepción en el deporte profesional.

Ya sabemos: los resultados mandan.

Se disputaba el partido entre los equipos prebenjamines del Lloret de Mar y la S. H. U. M. de Maçanet de la Selva, en la cancha del primero. Hacía tiempo que no veía jugar a niños y niñas tan pequeños al hockey (el tiempo pasa y los hijos se hacen mayores) y lo cierto es que me estaba resultando de lo más entretenido el ver cómo patinan y juegan unos críos tan pequeños.

El encuentro estaba más o menos igualado hasta que un fortuito rebote hizo que la bola golpeara en la cara de uno de los chicos del Lloret dejándole con un buen chichón y sin poder volver a la cancha el resto del partido.  El equipo, en cuadro por no tener sustitutos disponibles, se aprestaba a jugar todo lo que quedaba en inferioridad numérica. Y eso en el hockey es un problema. Cuatro contra tres es toda una diferencia.

Aún así el Lloret no perdió los papeles y se dispuso a capear el temporal con una buena defensa y tratar de alcanzar la portería contraria con contrataques rápidos o tiros lejanos. El equipo de la S.H.U.M. muy sólido en todo el campo, dominaba el marcador, y también el partido.

En esto se produjo una jugada de ataque del Lloret que acabó con un disparo a puerta. Los lloretenses reclamaron gol. Una parte del público también. Pero el árbitro, tal vez tapado por el propio portero, no apreció que la bola hubiera traspasado la línea, de manera que no concedió el tanto.

Los chicos, unos y otros, siguieron jugando, patinando, moviendo la bola y lanzando a portería. Pero algo rondaba en la cabeza del portero de la S.H.U.M. Algo le mantenía intranquilo porque no habían pasado dos minutos y había llamado a uno de sus jugadores con el que cruzó unas breves palabras. El juego continuaba.

Hasta que el pequeño portero se irguió, levantó el guante para detener el partido y patinó hasta el encuentro del árbitro. Entonces le explicó el motivo de su inquietud: él creía haber visto claramente la bola traspasar la línea de gol y, por tanto, entendía que éste debía haber subido al marcador.

El árbitro le explicó que al no haberlo visto él, no podía darlo por válido, pero le agradeció su gesto, él y los espectadores que estábamos viendo el partido, tanto de un equipo como de otro.

Tal vez os pueda parecer una bobada o una trivialidad. Tal vez me estoy volviendo muy ñoño. He comenzado diciendo que estoy seguro que gestos así ocurren con frecuencia en cualquier campo de cualquier deporte, pero a mí me resultó tan gratificante que, semanas después, todavía lo recuerdo y noto una agradable sensación… algo así como de comprobar que todavía hay muchas cosas que son como tienen que ser.

Con tanta tontería como vemos cada semana en el deporte profesional, con tanta estrella (estrellita) retratándose en cada partido con gestos y acciones de lo más antideportivo, a mí me resulta suficiente saber que en el deporte base todavía existe el sentido del honor, la caballerosidad y el juego limpio por encima del ganar a cualquier precio.

Ojalá este portero y todos los que son como él crezcan y hagan grande el deporte defendiendo estos valores.

Seguro que él nunca llegará a saber que aquel gesto suyo quedó recogido en un marginal blog de los millones que fluyen en la red. Espero que nunca le haga falta que se lo aplaudan para que vuelva a repetirlo.

Nota. Ganó el equipo del Maçanet, pero eso,… ¿a quién le importa?


domingo, 19 de mayo de 2019

TENGO QUE CONFESAROS QUE NUNCA HE CORRIDO UN MARATÓN



“Tengo que confesaros que nunca he corrido un maratón”. 
O algo así.

Desde que le dijeron que en la cena del club de ese año le rendirían un merecidísimo homenaje por sus primeros 50 maratones, había estado dando vueltas a su discurso. Nadie en el club había alcanzado esa cifra y, aunque varios “discípulos” suyos estaban camino de ello, todos esperaban de él una defensa numantina de aquél oficioso título.

Pero ¿cómo decirlo?

Lo que comenzó como una broma hacía ya más de veinticinco años, había alcanzado unas dimensiones desproporcionadas. Incluso el diario de la ciudad se había interesado por su historia y le habían pedido una entrevista para que les contara con todo detalle sus experiencias y anécdotas por lo maratones del mundo.

Entre sus hazañas destacaban veinte participaciones en Madrid, pero no había quedado ahí la cosa. Primero Valencia, Sevilla o San Sebastián, más tarde Londres, Roma o París y al final Nueva York, Tokio, La Habana…

El principio fue una apuesta. Después, un intento de hacerlo bien, más tarde un darse cuenta de lo que suponía entrenar para correr 42 kilómetros, una renuncia secreta, un reconocimiento de incapacidad… y una falta absoluta de humildad para admitir la realidad.

Unos meses después allí estaba él, en la salida de su primer maratón, con sus amigos y con otros cuantos miles de corredores. En las cabezas de aquellos había ritmos y tiempos de paso. En la suya, un plano del recorrido y otro del metro de Madrid perfectamente estudiados. La primera vez funcionó a la perfección. En tres horas y cincuenta minutos entraba con el grueso del pelotón, recibiendo su medalla y una foto a su paso por meta.

Si funcionó la primera ¿Por qué no la segunda? ¿Y la tercera?

Y así comenzó el reto de terminar maratones sin correrlos.

El esfuerzo del entrenamiento consistía exclusivamente en una rigurosa planificación de entradas y salidas en aquellos puntos estratégicos del recorrido que, con la aparición del chip, complicaron las cosas más de lo que ocurría en los inicios.

Y ¿entrenar? Todo calculado.Cubrir las apariencias.
Los días de diario contaba lo duro que se le hacía salir a las 6 de la mañana, solo y con frío. Los domingos con todo el grupo a la hora convenida, pero siempre unos minutos tarde y al paso por el cruce. “Vengo desde casa corriendo. Ya llevo 10 kilómetros, que he salido a rodar largo”. Un rato con los compas del club y luego “Voy a ir más tranquilo que llevo mucha tralla esta semana”.

El salto internacional fue la guinda. Cuando descubrió que todo estaba en la red. Todo el material necesario para trucar, engañar y continuar con la farsa. Primero algunos menores en Europa, luego los más grandes y al final por cualquier lugar del mundo.

Dorsales, fotos, medallas, diplomas, clasificaciones. Todo.
Unas cuantas descargas de facebook y un poco de Photoshop le situaban cruzando el Tower Bridge, la Puerta de Brandenburgo o el Puente de Carlos V. Su nombre en el diploma y en la clasificación. Allí estaba todo y en todos los formatos. Así que desde casa fue coleccionado maratones que, más tarde, contaba a sus admiradores con fingida humildad. Con una  completa y exhaustiva recopilación de pruebas de todas y cada una de sus hazañas.

Y de pronto, el homenaje.

 “Tengo que confesaros que nunca he corrido un maratón”. Eso y la vergüenza, la humillación y el desprecio de sus compañeros, de su gente, de los vecinos, de todos los que le reconocían su condición de admirable maratoniano.

Eso o … “Vamos a por otros cincuenta, chicos”. Y continuar disfrutando del reconocimiento, el elogio … y sufriendo porque algún día se reconociera la mentira.

Y ¿Dejarlo cuando el mes que viene es Boston?

jueves, 18 de abril de 2019

MARÍA LA PIONERA




Las acelgas hervidas a falta de rehogarlas y el pescado a medio rebozar.

María se lavó las manos embadurnadas de harina, se apartó un mechón de pelo de la cara y se quitó el delantal.

Acababa de escuchar en la radio otra vez lo del primer maratón de Madrid para el próximo mes de mayo y si la primera vez la idea le rondó en la cabeza como uno de esos sueños imposibles, esta vez la sola mención de la carrera la alcanzó como un rayo en mitad de su cerebro. Un latigazo. Una decisión. 
El 21 de mayo de 1978. Quedaban cinco meses.

Se asomó al comedor para comprobar algo que ya sabía de sobra: su marido y sus tres hijos estaban repartidos entre el sofá y el suelo viendo en la tele cómo Curro Jiménez y sus muchachos ayudaban a algún infeliz a salir de los apuros de la vida haciéndose un Robin Hood en versión Serranía de Ronda.

Todo en el orden esperado.

Entró a la habitación de su hijo mayor y se puso su chándal más viejo, de los que ya apenas usaba y las zapatillas de jugar al tenis. Calzaban más o menos el mismo número… o eso creía. ¡Caramba, que pequeñas eran! Otra ojeada al salón para comprobar de nuevo que los bandoleros estaban entreteniendo a su familia lo suficiente como para que no advirtieran su ausencia y un veloz “ahora vengo” que no fue siquiera contestado.

Ya en la puerta se calzó un gorro de lana en la cabeza escondiendo bien el pelo para pasar todo lo desapercibida posible y bajó las escaleras del bloque con la esperanza de no encontrar a nadie.

Abrió la puerta del portal, miró a ambos lados. Horizonte despejado.

Y allí mismo María comenzó a correr camino del parque. De noche y sola. Corriendo, de noche y sola. No alcanzaba a distinguir cuantos latidos de su corazón se debían a la emoción de hacer lo que estaba haciendo y cuantos otros al esfuerzo de correr. Porque María había corrido de joven en el colegio y muy bien. Era una gran deportista. Todo lo que intentaba le salía. Por eso jugó durante todos los cursos del bachillerato en el equipo de baloncesto del colegio de las monjas. Pero después todo acabó y de eso hacía ya más de veinte años.

Su cuerpo había cambiado. Su vida en casa, los tres embarazos, el trabajo de criar los hijos, lavar, planchar, cocinar… nada tenía que ver con el deporte. Nada. Sintió una punzada de tristeza.

Giró la esquina y se dio de bruces con Don Eulogio, el aparejador del tercero, que se sobresaltó al ver a alguien corriendo. No la reconoció. ¿O sí? Pronto lo sabría. Al día siguiente. En cuanto bajara a la calle, los comentarios en el bloque girarían en torno a ella o a Curro Jiménez.

Llegó al parque. La emoción, la fatiga y ahora el miedo. Solitario y oscuro, ese parque sería su lugar de entrenamiento así que o entraba y se demostraba a sí misma la determinación de llevar su idea hasta el final o se volvía a casa, a sus acelgas y a su rutina.

Se detuvo. Miró hacia dentro alerta. ¿Qué esperaba? ¿Fieras? ¿Monstruos? ¿Dragones? ¿Los yonquis del barrio? Atenta a cualquier movimiento dio unos pasos hasta alcanzar el paseo central y desde allí volvió a escrutar a la tenue luz de las farolas los bancos, las entradas laterales. Nadie. No había nadie.

Comenzó a correr. La primera vuelta con los cinco sentidos dedicados a advertir cualquier movimiento o ruido que pudiera suponer un peligro. La segunda más relajada, atenta a la reacción de su cuerpo al esfuerzo y la tercera, eufórica de su hazaña.

Volvió a casa. No sabía cuanto tiempo había estado fuera. Abrió la puerta, asomó la cabeza al comedor con un “ya estoy aquí” sin respuesta, se cambió rápidamente de ropa y terminó de rebozar el pescado.

Ya está la cena”. Curro Jiménez se alejaba al galope a lomos de su montura en compañía del Estudiante y el Algarrobo.

"Mamá, ¿qué te pasa? ¿Estás bien? ¿Por qué sonríes?"

"¿Y por qué llevas un gorro en la cabeza?"


miércoles, 20 de febrero de 2019

CARTA A MI TRIPA




Solo me faltabas tú.

No tengo bastante con  lo que tengo y aprovechas el peor momento para hacerte visible. Poco a poco empiezas a desarrollarte. Primero eras una inapreciable curva, incluso graciosa, pero después fuiste tomando cuerpo (nunca mejor dicho). Como quien no quiere la cosa. Lo más duro es saber que estás hecha de la peor materia que uno podría echarse a la boca. Estas hecha de los caprichos y antojos con los que uno trata de sobrevivir en momentos de debilidad y flojera. Hecha de chocolate y galletas cookies, de nata y crema. Bombones y hojaldres.

Miro al espejo y te veo asomar. De cóncavo a convexo. Me pongo unos pantalones y el cinturón me exige una explicación. La báscula se burla de mí. Eh tú, chulito… tantos años presumiendo … ¿y ahora qué? Te duele ¿eh? Pues ahora te aguantas y sufres.

Asquerosa.

No vas a poder conmigo. Desde el primer momento que me ponga a correr eres objetivo prioritario. Voy a acabar contigo. Nos has cogido con la guardia baja. A mí y a todos mis órganos y vísceras, a mis músculos, tendones y  huesos. Pero no te relajes porque les estoy reclutando para ir contra ti. Tienes rehenes, ya lo sé. El intestino, mi querido páncreas al que tantas veces he exigido en las carreras que aportara un poquito al esfuerzo colectivo, el hígado… incluso al píloro. ¡Pobre píloro! ¡Qué daño te habrá hecho a ti el píloro! No te relajes. Les voy a liberar uno a uno y cuando menos te lo esperes habrás desaparecido.

Acabarás siendo víctima implacable del ciclo de Krebs de mis células que te consumirán en pocas semanas. A lo sumo unos meses.

Te veo ahí, rebosando por la cinturilla de mis mallas y me parece mentira. Traicionera. Con lo que te hemos cuidado y ahora te rebelas contra todos. ¿Crees que a las rodillas les hace gracia verte asomar y soportarte? ¿Y a los pies? ¿No tienen bastante con lo que tienen? ¿A qué viene someterles a ese sobre esfuerzo? Lo vas a pagar caro.

Traidora. Tripa traidora.

No te pateo porque no llego.
No te recorto porque no soportaría ver tanta sangre a chorro.
No te liposucciono porque no eres para tanto.
Pero te voy a quemar. No con fuego porque tampoco soportaría el dolor de las quemaduras. Te voy a quemar a kilómetros.  Corriendo, en la bici o en la elíptica. Te voy a quemar viva.

Despídete del mundo, tripa asquerosa.


viernes, 25 de enero de 2019

EN MEMORIA DE ANTONIO ROMAN


Hay ocasiones en las que me gustaría tener el don de la palabra escrita. Incluso sin ser pretencioso, ser capaz, simplemente, de hacer llegar mis sentimientos a un papel tal cual habitan dentro de mí. Porque solo con juntar palabras, a veces no es suficiente y temo que esta es una de ellas.


Conocí a Antonio desde el momento de mi ingreso en la Escuela de Montes. Ambos pertenecíamos al equipo de atletismo de la Escuela. A ese legendario equipo del que ya he contado historias aquí. Desde ese momento supe que él era una persona diferente. Mi ignorancia y mi bisoñez no me permitían distinguir en qué era diferente y solo con los años pude ir descubriéndolo.

La sensibilidad.

Esa cualidad de la que muchas personas carecemos y nos hace perder una buena parte de las cosas que jalonan nuestra vida: interpretar los sonidos, apreciar los matices, encontrar la belleza en los objetos.

Sentir.

 Cosas que pasan desapercibidas y que solo los artistas encuentran con la facilidad con la que un vidente reconoce en un mundo de ciegos.

Saber sentir.

Antonio era un artista con una enorme sensibilidad. Su amor por la música le condujo a explorar hasta lo más profundo uno de los instrumentos con más capacidad de expresar los sentimientos humanos: el violonchelo. Y de ahí a trabajar en varios programas de música  en Radio Clásica, con una fiel audiencia que sabía dejarse guiar por su amplio conocimiento, por su sencillez y por su vital característica, la sensibilidad.

Una de las aficiones que compartimos en su momento fue la de los minerales. Y uno de los recuerdos más gratos que tengo de aquella época fue el día que me regaló un cristal de pirita incrustado en su matriz. En aquel momento me enseñó que la belleza del cristal no radicaba en él, sino en el conjunto. Me hizo ver cómo el cristal dorado brotaba de la roca y su perfección contrastaba con la tosquedad de esa piedra parduzca y deforme de la que manaba.

Lo bello no era el cristal. Lo bello era el vínculo de ambos.

Con los años comprendí que aquello que me enseñó sobre los minerales, también valía para cualquier otro elemento de la naturaleza y, principalmente, para las personas. Las cualidades más hermosas brotan de una matriz imperfecta y tosca, pero somos el conjunto. Brillantes y coloridos cristales insertados en un cuerpo con aristas, con errores, con imperfecciones.

Apreciar ese vínculo entre lo sublime y lo vulgar es la máxima expresión de la tolerancia.

Antonio salió a la montaña a sentir bajo sus pies la tierra, dejando que el viento frio golpeara su rostro y descubriendo nuevos matices en las rocas, en las plantas, en el cielo, en el aire. Y allí murió.

Esta vez no le dio tiempo a compartirlo.

Compartir. Sentir.

Las personas dedicamos mucho tiempo a las tareas cotidianas, rutinarias, importantes o no, pero dejando de lado transmitir sentimientos. Hoy siento la necesidad de abrir de nuevo el blog para compartirlo, con vosotros, y sobre todo con mi hermana y con mis sobrinos, sus compañeros de viaje.

Compartir su tristeza y su ausencia, pero también alentarles para seguir su camino. A encontrar en la tierra, en el aire, en la luz, en la montaña, la sensibilidad que les dio vida.

A sentir la vida.

Para Inma, Laura y Pablo.

jueves, 31 de mayo de 2018

EL JIME



¡Hombre Jime! ¿Qué tal estas? ¿Cómo te va?
Pues ya sabes... Disfrutando.

Disfrutando.

De cien veces que se inician una conversación con un corredor, sea del nivel que sea, la mayor parte comienza con un … bueno, ando regular, me duele aquí, o allá, o con un  estoy parado o con un catálogo de quebrantos de lo mal que lleva el entrenamiento para tal o cual prueba.

Excepcionalmente la conversación comienza con un sonriente “disfrutando”. Esas excepciones solo provienen de gente diferente.

El otro día volvía de viaje y se retrasó el avión y como consecuencia perdí el tren. Eso supone interminables horas de espera en lugares donde poco se puede hacer salvo leer o trastear en internet, porque ni siquiera se puede echar un sueñecito, que bastante claro lo tienen los que diseñan el mobiliario de los aeropuertos y las estaciones para que no te quepan la nuca y la rabadilla entre la parte superior del respaldo y el extremo del asiento.

Total que no sé muy bien cómo acabé curioseando en el ranking de la RFEA. Y me puse a mirar y mirar... y me encontré al Jime por las clasificaciones de la temporada 17/18.

Y le empecé a dar forma y contenido  a ese escueto  “disfrutando”. Y no por los resultados. O no solo por los resultados.

Este es su palmarés de la temporada (confío que no me lo tenga a mal el sacarlo a la luz).

El Jime está en 7 pruebas, y eso sin haber empezado la temporada al aire libre. Está en todo lo que se puede estar entre los 800 metros y el marathón.

El 11 de noviembre del 17 corrió el marathón de Valencia en 2:50’05’’ lo que le coloca en el 4º lugar del ranking nacional de su categoría master>50 y el 100º entre todos los veteranos (de 35 años para arriba) en la temporada.

El 3 de marzo corrió en 2’20’’ los 800 metros en Salamanca (ranking 28º en master>50)  y el 1500 y tres semanas después, el 23 de marzo,  los 1.500 metros en el Campeonato de Europa master de Madrid en 4’40’’87 (ranking 25º).

Después se cogió el coche con su clan (el clan Jime) y se fueron a Valencia a correr el día siguiente el Campeonato del Mundo de Media Marathon.  El día siguiente. 
Allí sumó tres nuevas marcas para en ranking: 19’11’’ al paso por los 5000 metros (13ª); 38’11’’ al paso por el 10.000 metros,mejorando el primer parcial, por cierto (ranking 37ª) para terminar la Media en 1h 19’ 59’’ (ranking 13º).

Y todo esto, pensaba yo según pasaban las horas en la terminal,  que le resultaría de lo más gratificante “al Jime” porque está muy bien entrenar, pero mejor aún obtener los resultados que uno espera del entrenamiento.

Pero aún, como en todos los buenos guisos, le faltaba la salsa. Y ese condimento no es otro que el “disfrutando”.


Sigue Jime. Empieza la temporada al aire libre.

Nota. Jime se llama así. Solo Jime. Posiblemente no tenga siquiera DNI. Solo con "Jime" está identificado.

sábado, 19 de mayo de 2018

CARTA A ILIAS FIFA



Vayan por delante un par de cosas.

La primera que me alegra mucho que se haya descubierto y se haya resuelto un nuevo caso de dopaje.

La segunda que, a título particular, me importa un rábano rojo que te dopes con TB-500 de uso veterinario (que hay que tener cuajo), EPO o con cualquier otra mierda de esas. El caso es que te han pillado haciendo trampas. Y si fueras un deportista que participas a título particular en competiciones en las que no representas a nadie más que a ti mismo y  no le quitas el puesto a otro, es decir, algo así como cruzar el atlántico en una tabla de surf, escalar el Aconcagua, tirarte de cabeza en paracaídas desde la estratosfera o cosas semejantes, la cosa tendría menos importancia. Pero no. No es así.

Tú has representado al atletismo español. En general, al deporte español. Y no andamos escasos de casos de dopaje descubiertos en la última década como para que gente como tú siga poniéndonos en las páginas de los periódicos deportivos de media Europa.

No te imaginas el daño que haces. Primero al deporte español en general. Nuestro deporte ha conquistado grandes éxitos. Atrás quedó la época en la que solo sobresalía un atleta, un nadador, un golfista…Ahora nuestro país está en la élite del deporte mundial. Y no porque exista un gran programa nacional de descubrimiento de talentos y ayudas. Es porque somos así. Ultracompetitivos. Es de raza. Así que cada vez que sale un nuevo caso de dopaje en un deportista de élite nos sacan los colores a todos. 

A todos.

Y esto es paradójico. No sé en cuantos países se controlará a los deportistas más que en el nuestro, pero seguro que no son muchos. Unos, los más, porque no tienen medios y otros porque no tienen interés en hacerlo. El caso es que cuanto más se controla, más posibilidades hay de descubrir casos. Y ahí radica la paradoja: más sospechas se generan sobre los métodos deportivos del país.

Si el daño es grande al conjunto del deporte nacional, más aún lo es al Atletismo. No eres el primero al que cazan. Desgraciadamente te preceden muchos casos. Y eres campeón de Europa, que no es poco. Que lo fueras dopado o no ya no tiene importancia, porque todos creerán que lo fuiste haciendo trampas.

Y además y lo que es aún peor, le has quitado la posibilidad de ir a un campeonato de Europa,  un Mundial o unos Juegos Olímpicos a otro atleta de esos que basa todo su esfuerzo en el entrenamiento, sin ayudas prohibidas. Y me supongo que no debe ser poca la rabia que debe dar, primero imaginarse que la plaza te la quita alguien que no está limpio y segundo que se confirme la sospecha cuando ya no hay remedio. Porque las oportunidades en la vida se dan una, dos o tres veces, pero no siempre.


A falta de recurso e historias judiciales, parece que  te van a caer cuatro años de sanción. Y quiero decirte una última cosa: me importa el mismo rábano rojo que ahora te entre el arrepentimiento y te alimentes exclusivamente de brócoli, trigo sarraceno, porotos y zumo de pomelo, que vuelvas más limpio que un recién nacido. No volveré a aplaudirte como hice en la última carrera en la que vi. Puede que te parezca rencoroso y tal vez lo sea, pero tuviste la oportunidad de ser un ídolo y preferiste montarte una farmacia en tu casa. 

Y al final, los aficionados somos los dueños de nuestros aplausos.

lunes, 14 de mayo de 2018

SE ME CAE LA CARA DE VERGÜENZA


Estoy sentado frente al televisor, como dice la canción, aunque también podría estar de espaldas porque estoy hasta la mismísima cúspide de mis fontanelas de Cataluña, de Trump, del Cholo Simeone y de Amaia y Alfred (el orden es aleatorio).
En esas, escucho en la sección de deportes la noticia sobre una pelea en un partido de fútbol en Ávila.

Y en ese momento se me cae la cara de vergüenza.

Miles de personas haciendo deporte a diario. Deportistas que han logrado éxitos que nadie reconoce y que no trasciende porque todo lo que no sea futbol es folclore, como decía la legendaria Rosa Mota. Un gran número de personas dedicadas a enseñar las bases del deporte y sus valores a diario en las escuelas deportivas. Clubes que van surgiendo año a año ampliando el elenco de deportes que se practican en nuestra ciudad y provincia. Una amplísima oferta de competiciones deportivas organizadas para el disfrute y desarrollo de las habilidades de todos los deportistas.

Y otra vez una pelea en un partido de futbol base.

Llueve sobre mojado. No es la primera. Ni la segunda ni la tercera.

Qué triste forma de salir en los medios de comunicación. Qué triste forma de perder las formas. Qué manera más ridícula de perder el respeto a los árbitros, a los jugadores, a los espectadores. Qué manera más lamentable de tirar por tierra las horas que se dedican a educar a los chavales en los valores del deporte.


Y sobre todo … que triste imagen para los niños ver a sus padres a tortazo limpio. 

Que vayan a ver la peli Campeones, a ver si les queda alguna neurona decente que les haga entender algo de la vida y del deporte.