martes, 21 de marzo de 2017

10 KM LAREDO 2017: SILENCIO, SE VUELA

Imagen:el diario montañes


Marzo. Laredo.

Se estaba acercando la fecha y dada la implacable regularidad con la que pasan los días, acabó por llegar.

Viernes por la tarde. Ángel y yo salimos de Ávila. Dos de los veintiún abulenses apuntados a la carrera. Un viaje plácido en el que tenemos tiempo de ponernos al día de nuestras cosas. También de nuestros planes para la carrera. Hablamos de ritmos, de marcas, de tácticas, aun sabiendo que los dos vamos a hacer lo mismo: salir al cien por cien desde el primer metro sin ahorrar nada. Y disfrutar.

Llegamos a Laredo ya de noche. No nos sorprende ver a gente corriendo… ¿Gente corriendo? ¡¡Alfonso y Rilo a cuatro el mil!! ¡A por todas desde el principio! ¡Quién dijo miedo!¡Apurando el último entrenamiento! ¡Comprobando el circuito! ¡Creando el pánico entre los rivales!

Compartimos cena (hidratos, faltaría más) con un nutrido grupo de corredores abulenses en animada charla sobre todos esos temas que aburren hasta la muerte a todos los que no son corredores: las carreras, los marcas, los otros corredores, las zapatillas, los entrenamientos, más zapatillas, la carrera de mañana, fulanito, menganito y zutanito y… más zapatillas.

El desayuno en el Hotel Cosmopol es otro momento importante del fin de semana. Allí está reunida casi toda la élite de la carrera y, entre todos ellos, de mesa en mesa, charlando tanto con los mejores corredores como con los más populares, uno de los más admirados y queridos atletas: Sergio Fernández Infestas, organizando una última salida para “activar” el cuerpo a escasas horas de la competición.

Ese trotecillo de veinte o treinta minutos cuyo objeto depende de cada uno. Activar el cuerpo, aplacar los nervios de la espera, soltar las piernas o compartir un rato con otros  atletas. El caso es estar entretenido esas horas previas.

A los “buenos” se les ve concentrados, metódicos en sus costumbres y muy acostumbrados a ser el centro de atención del resto de la gente.

Y los demás, cada uno a su nivel, casi igual. Aquí se viene a correr o “a volar”, como reza el eslogan de la carrera: SILENCIO, SE VUELA. Porque esta carrera ya tiene el honor de considerarse, entre los corredores, como la más rápida de cuantas se celebran en nuestro país y eso llama a la élite, pero sobre todo, muy sobre todo, llama a todos los corredores, desde aquellos de están muy cerca de los primeros, sin llegar a ser profesionales, hasta los que ansían bajar de una determinada marca.

Si no se hace marca en este recorrido ¿Dónde se puede hacer?
Un trazado completamente llano, sin apenas curvas, a nivel del mar, con un altísimo nivel de competición, en horario de tarde… ¿falta algo?

Falta que llegue la hora, salir y correr.

Y a ello vamos.

Con una hora de antelación ya hay corredores calentando. En seguida la zona de salida es un hervidero de atletas trotando, estirando y compartiendo los últimos minutos previos a la carrera. Y mucha gente tomando posiciones en la salida.

La salida.
Un problema de difícil solución.
Este año, como ya ocurriera en otras ediciones, hubo caídas. Caídas que han afectado tanto a atletas de la élite como a otros de menos nivel.

La salida está organizada en cajones en función del tiempo que cada uno se otorga en el momento de la inscripción. Y cada año hay más control para evitar que la gente se cuele en el que no le corresponde. Pero la calle es estrecha. Y la primera línea tiene una determinada capacidad. Quizá 20. Tal vez ni eso. Y los que no entran en primera línea, están en la segunda. Y lo que no entran en ésta, en la tercera y así sucesivamente. Y si un corredor que quiere hacer 33’ y que en su ciudad sale siempre adelante y siempre está entre los primeros aquí se ve en la quinta fila, entonces comienzan los nervios. Porque uno que corre en 35 tendrá que salir en la décima o decimosegunda línea ¡porque va a quedar por detrás del puesto 200! Y así sucesivamente. Total, que te ves con quinientas personas delante, pensando en salir como una flecha… y resulta que tardas veinte segundos en pasar por la línea de salida.

¿Solución? Comentarios aparte, que los ha habido para todos los gustos, la organización de la carrera tendrá que valorar el asunto. Si han llegado a la decimoquinta edición con este rotundo éxito de participación seguro que es porque saben cómo hacer las cosas, así que esta cuestión sabrán resolverla.

La carrera.
Tras la salida, uno se enfrenta consigo mismo rodeado de multitud de corredores, cada uno de ellos tratando de mejorar sus marcas. 2000 inscritos, 1619 llegados a meta, de los cuales 13 terminan por debajo de los 30 minutos, 78 por debajo de 32 minutos, 178 por debajo de 34, 248 por debajo de 35 ¡que es correr a menos de 3’30’’ por kilómetro!, 747 corredores, es decir, casi la mitad de los llegados a meta, lo hacen por debajo de 40’… esa es la carrera de Laredo. Una lucha contra el crono de todos los que tomamos la salida.

Por eso en Laredo, aunque hay un ganador, también hay muchos, muchísimos corredores que nunca, nunca, ganarán una carrera pero aquí superan su reto. Dicho de otra manera, de la manera que me gusta a mí verlo: aquí hay muchos ganadores. Por eso, entre otras cosas, muchos de nosotros repetimos un año tras otro, porque este ambiente de atletismo no es fácil encontrar en una carrera popular.
Los abulenses.

Veintiún inscritos, pero no todos tomamos la salida. Siempre hay alguna baja de última hora.
Un año más Luismi dio la cara y mejoró sus resultados anteriores, 30’24’’ para terminar en el puesto 20º, asentado definitivamente en la élite de la carrera.

Gran resultado también el de Borja, en el puesto 58 con 31’30’’. Le vi muy bien en la carrera solidaria de Ávila y desde luego, ratificó su gran estado de forma con una marca muy buena.

José Talavera, del Trote Borriquero en el puesto 99 con 32’37’’ , Iván con 33’13’’, Ángel con 34’45’’, igual que Nano. Ismael con 35’29’’, todos ellos en un gran nivel … de los que te permiten estar entre los primeros en cualquier otra carrera popular.

Javier Olivares con 36’04’’ penalizado en la salida al quedarse a ayudar a la gente afectada por la caída.

Juanjo Rilo tremendo marcón 34’43’’. Dani con 36’01 a pesar del tropezón del km 7, Miguel, que salió fatal y acabó fenomenal en 36’13, Alberto con 37’01’’ ex futbolista con una enorme proyección en  el mundo de las carreras, Alfonso con 37’10’’ y unas decenas de clientes más para sus Salming, porque cuando se sabe vender no se desaprovecha un momento. Juancar que después de llevar a Javi Guerra al límite en el rodaje de la mañana aún hizo 38’22’’, Nacho tremendo con 39’41’’ y Guille que a la chita callando y saliendo de un maratón camino de otro se permite el lujo de hacer 40’ 43’’.
(Pido disculpas porque a lo mejor me he dejado a alguien)

Y quedo yo.
Ya me habéis leído en este blog que todos los corredores, para cada carrera, tenemos tres tiempos: el que decimos que vamos a hacer cuando nos preguntan, el que pensamos para nuestros adentros que podemos hacer y el secreto mejor guardado: el tiempo con el que de verdad soñamos: Yo hace tiempo que no los oculto, bajar de 39’, 38’30’’ y 37’59’’. El primero, bajar de 39’ era un tiempo asequible viniendo de hacer 39’30’’ en Pinto. El segundo 38’30’’ era el límite máximo a lo que podía aspirar en mi forma actual y con el entrenamiento que hago. Bajar de ahí era imposible … y sin embargo, soñar es gratis: ¿podría bajar de 38’?

En realidad, la marca era algo secundario. Prefería pasármelo bien, disfrutar del antes y del después de la carrera y, sobre todo, de cada una de las zancadas de la competición. El año pasado no pude hacerlo así que en esta ocasión trataría de hacerlo por partida doble.


Salí con Juan Carlos, al que encontré antes del primer kilómetro. Me encontraba un poco “espeso” pero sabía que estaba corriendo al ritmo que debía. En el km 2 y en el 3 me vine un poco arriba y me puse por delante de Juancar. En ese momento incluso adelanté a Sergio Fernández que acompañaba a Esther Pedrosa en un intento de record. En el km 5 pasamos en 19’15’’. 
Una cuenta rápida me dejó claro que no tenía mucho margen para tratar de estar por debajo del objetivo. Así que … como todo lo que sube, baja, pues me vine un poco abajo. 
Pero entonces, mientras Juancar se me escapaba sin poder remediarlo, Sergio me daba alcance. En ese momento me puse a rueda y conseguí recuperar el ritmo y, para mi sorpresa, mantenerlo. Solo volví a mirar el crono en el km 8: 30’46’’.  Estaría por debajo de 39’, pero ¿Cuánto? Esos dos últimos kilómetros en Laredo son espectaculares. 

Con tanto público animando, con multitud de corredores dejando el último aliento en la carrera y con las fuerzas que aún quedan, ese es el momento de exprimirse. Ese es el momento para el que se entrena. Ese es el momento en el que se gana uno la marca que se merece. Apreté. Y volví a apretar a falta de 500 metros. El crono de la meta marcaba 38’49’’, pero había tardado 19’’ en pasar por la alfombra de salida. Total 38’30’’. Justo la marca que sabía que era mi tope. Entonces … misión cumplida.

Me queda hablar de la post-carrera y curiosear por la clasificación. Lo dejo para otro día.

martes, 14 de marzo de 2017

CARRERA SOLIDARIA AHORA + QUE NUNCA 2017

Foto del polifacético Guillermo Buenadicha


Pasé la mañana del domingo de carrera… desde el otro lado, esta vez ayudando a la organización en lo que fuera menester.
No se cómo se lo pasaran de bien el día de la fiesta El Colegio del Santísimo Rosario, pero el domingo, el día de la carrera solidaria, el ambiente en el colegio era realmente fantástico: niños, madres y padres, profesores y las propias religiosas del centro colaborando en toda la logística de la carrera, repartiendo dorsales, confeccionando la bolsa del corredor, los voluntarios a lo largo del circuito, colocando vallas, resolviendo todos los problemas que inevitablemente surgen a última hora… en fin una fiesta.
Realmente todos los corredores deberíamos pasar un día por “la trastienda” de las carreras para que nos diéramos cuenta de verdad de lo que significa organizar una prueba de estas características. Tal vez así seríamos un poco más comprensivos con los pequeños errores que se pueden cometer. En este blog ya escribí al respecto hace años. 
El caso es que a partir de las diez y cuarto de la mañana los niños más pequeños fueron recogidos en la línea de meta por una profe del colegio y acompañados hasta la salida… algunos ¡realmente pequeños! Tal vez de mayores alguien les pueda recordar que su debut atlético tuvo lugar un domingo 12 de marzo en las empedradas calles de Ávila.
Después de los chupetines llegaron los prebenjamines y los benjamines, cuya fogosidad y entusiasmo es realmente difícil de contener. Solo con la ayuda de algunos padres fuimos capaces de sujetarles un instante para poder dar una apresurada  salida.
Y tras las carreras de los más pequeños llegó la de los “medianos”, los alevines, infantiles y cadetes, un muy numeroso grupo entre los que se mezclaban atletas de los clubes de Ávila con los alumnos de los colegios de la ciudad y del propio centro organizador y un poquito después tomaron la salida las familias. No fueron pocas las que se inscribieron y, desde luego, dejaron algunas de las imágenes más bonitas de la mañana. En particular quiero destacar un hombre  invidente que corrió  con un acompañante y su perro guía. Un ejemplo para los que nos acobardamos en seguida por cualquier inconveniente. Y también una joven pareja que corrieron juntos empujando el carrito de su bebé al que bajaron del mismo unos metros antes de la meta, hasta donde le condujeron para que entrara por su propio (y minúsculo) pie.
Y después los mayores. Casi cuatrocientos corredores en la línea de salida. A destacar la enorme representación de la Escuela de Policía Nacional, volviendo a épocas anteriores en las que su presencia en las carreras siempre era masiva.
Desde el inicio Borja puso tierra de por medio, en un gran estado de forma, no hubo nadie capaz de aguantar su fortísimo ritmo, a pesar de la complejidad del circuito, lleno de cuestas y tramos empedrados. Ya al paso por la primera vuelta su ventaja era muy importante sobre sus perseguidores, Hugo y Luis Miguel, un poco más atrás Eduardo y Alejandro y después Ángel y Diego. Tras ellos una buena representación del Ecosport con Sergio, Jesús, Alfonso… además los clásicos  “Zipi”, Roberto… siempre luchando en los puestos de cabeza en todas las carreras
En chicas Pilar ganó sin oposición con una muy buena representación de mujeres, cuyo número y nivel va en aumento cada competición.
Y al final casi tuvimos que correr en la entrega de premios porque el tiempo empeoraba por momentos sin que, de cualquier modo, desluciera una magnífica mañana de atletismo en nuestra ciudad.

Lo más importante es que se consiguió el objetivo de recaudar una suma importante de dinero para la Cruz Roja y mantener la llama de la ilusión viva para el año que viene.

miércoles, 8 de marzo de 2017

10 KM DE PINTO 2017




En el kilómetro 5 miré el crono. Según lo que marcara estaría sobre el objetivo o no.

Los 10 kilómetros de Pinto era la primera competición que me tomaba verdaderamente como tal desde hace un año. Justo a estas alturas de 2016 me encontraba verdaderamente bien, haciendo buenos entrenamientos y corriendo con fuerza, pero una lesión en la rodilla me dejó parado. Ya no pude correr en Laredo. Después el viaje a Nepal y, al regreso cuatro lesiones encadenadas, me dejaron inactivo hasta diciembre. Cosas del correr.

Después de hacer la Carrera de Navidad, la San Silvestre Vallecana, la carrera 88 Torreones y los croses de Avila y el Regional de veteranos era hora ya de plantarse en una carrera y salir a competir a tope, sin más reservas que las derivadas de la incertidumbre de saber si podría llegar a la meta dignamente o  por el contrario, arrastrando  despojos y alma.

Los 10 km de Pinto era la carrera justa para hacerlo. Coincidiendo en la salida con la Media Maratón de la localidad y además en disputa del campeonato de Madrid de 10 km en ruta, eso garantizaba gente y ritmo en la salida.

Así que a las 9:30 de la mañana, en compañía de mi hijo Ángel, del que me despedí en la salida, con más frio del esperado y un molesto viento racheado, salí a competir.

Objetivo: bajar de 40 minutos.

El primer kilómetro, muy tumultuoso, lo sentí demasiado rápido. No quería mirar el crono porque mi intención era correr todo lo deprisa que pudiera. Y mirar el crono me condicionaba: tanto si iba muy deprisa como si, por el contrario, iba más despacio de lo previsto, no sería muy capaz de modificar el ritmo, así que… mejor dejarlo quieto.
En el kilómetro 2 me encontré con mi buen amigo Raúl Ranz, con el que hice unos centenares de metros. Me encontraba bien, aunque un poco temeroso: ¿No estaría corriendo muy deprisa? ¿Llegaría dignamente a la meta a ese ritmo?

Y así el 3 y el 4… hasta que la incertidumbre me pudo. Al paso por el km 5 no pude aguantar la curiosidad de saber a cuánto iría a mitad de carrera. Así que…

En el kilómetro 5 miré el crono. Según lo que marcara estaría sobre el objetivo o no.

19’15’’. Tantas carreras terminadas, tantas cuentas hechas sobre la marcha… no me resultó difícil saber por dónde andaba… a 3’51’’ el kilómetro. Si doblaba (no he doblado jamás, ni en mis mejores carreras) estaría en torno a 38’30’’. Si pinchaba… tenía un margen de un minuto y medio para cumplir el objetivo.

Quizá mirar el crono me condicionó. Quizá salí más deprisa de la cuenta, quizá una carrera de 10 km todavía se me hace larga para el entrenamiento que llevo acumulado. Sea como fuere, ahí terminaron las alegrías.  A partir de ese momento mi ritmo fue ralentizándose y mis sensaciones haciéndose menos positivas. No llegué a sufrir hasta el kilómetro 8. A partir de ese momento ya solo deseaba terminar la carrera. Se me hicieron muy largos esos dos mil metros finales. Y tanto que lo fueron porque paré el crono en 39’30’’. Es decir, 20’ 15’’ en el segundo cinco mil.

En cualquier caso el objetivo estaba cumplido.

He corrido más de 70 carreras de 10 kilómetros en ruta a lo largo de mi vida atlética. Algún día haré un estudio de las marcas que he realizado sobre esta distancia.

En cualquier caso esta carrera no es una más, es, otra vez, el principio. Espero poder encadenar unas cuantas sin más lesiones. De momento la siguiente ya está en el horizonte: Laredo.


Objetivo… bajar de 39 minutos.

domingo, 12 de febrero de 2017

GOLBER A GOLBER


Hace muchos años un compañero me contó una cosa que le había ocurrido.  Resulta que había tenido avería en casa y tuvo que llamar a un fontanero. El hombre, cuando llegó a la casa y vio los daños se fue de nuevo y trajo el material necesario para la reparación, que realizó en poco tiempo y a satisfacción de mi amigo.

Posteriormente, en la factura reflejó, además de la mano de obra y los materiales, el siguiente concepto:

“Por ir, por golber y por golber a golber”.

Así, tal cual lo escribo, con g y con b.

¿Por qué se me quedó grabado aquello y no soy capaz de contar un chiste ni cinco minutos después de que me lo cuenten a mí? No lo sé. Cada uno tenemos en la cabeza lo que tenemos.

Pero desde entonces ese “golber a golber” forma parte de mi archivo de frases. Y ahora me viene de nuevo a la cabeza porque en eso estoy, en  volver de nuevo o, mejor dicho, en “golber a golber”.

Cuando uno se lesiona tiene por delante al menos tres tareas sucesivas… o complementarias: la primera recuperarse de la lesión. La segunda perder el miedo a recaer y la tercera volver a recuperar la forma.

Yo estoy entre la segunda y la tercera. Recuperado de los dolores, de esos que de verdad impiden correr y conviviendo de nuevo con aquellos que lo permiten, poco a poco voy perdiendo el miedo (pánico, terror o  pavor también valen) a pisar fuerte, a bajar cuestas apoyando el pie sin protección, a notar cómo la pisada se transmite a la rodilla, a comprobar su efecto, a subir ritmos… a dejar de buscar dolores, a dejar de escucharme.

Y poco a poco voy recuperando la forma. Ya llevo casi dos meses corriendo y me he lanzado a hacer series. Los primeros días es mejor no mirar el crono. ¿Para qué? Después de llevar los pulmones y las piernas al límite, miras el tiempo y siempre es mucho peor de lo que te imaginabas.   Y solo hay una fórmula para esto: PACIENCIA Y CONSTANCIA. 
No hay más. No hay entrenamientos milagrosos ni planes maravillosos.

PACIENCIA Y CONSTANCIA. Nadie recupera la forma de un día para otro. Nadie está parado seis meses, nueve o doce  y vuelve igual que lo dejó. Y solo hay un camino: superar estos momentos para que, poco a poco, lleguen los otros, los de mirar el crono y … esta vez sí, esta vez ver que el tiempo está cerca de tus expectativas.

Y entonces, casi de semana en semana sientes que vuelves.
“Golber a golber”.

Y además, mientras corro, me pasa una cuarta cosa: que me acuerdo de los que no corren. Me acuerdo de Vicente, de Quique, de Vivi… Me acuerdo de las carreras que hemos hecho juntos, de los entrenamientos que hemos compartido, de nuestras conversaciones.

¿Cómo podría hacer yo para ayudarles? No soy médico, no soy fisioterapeuta, no soy psicólogo, no soy masajista, no tengo habilidades curativas.

Solo puedo escribir. Solo y torpemente.

Solo les puedo recordar algo que ellos ya saben: la primera parte de esas tres que antes mencionaba se termina algún día. Recuperaos de la lesión. Llegará el día en que estéis de nuevo pensando en entrenamientos, en competiciones, en ritmos. No perdáis la esperanza ni la paciencia. Lo conseguiréis.

Estáis en el camino de “golber a golber”. Os estoy esperando.

lunes, 23 de enero de 2017

IX CROSS DE AVILA. MEMORIAL JOSÉ SORIANO: Y GANÓ LUISMI

foto Juan Luis Galindo


Otra edición más del Cross de Ávila. Ya van nueve.

Con el amanecer comenzaron a llegar los primeros coches al Soto. Los primeros voluntarios con la necesaria tarea de completar la instalación de toda la infraestructura que mueve la organización del cross. Con frio y entre dos luces montando carpas, arcos de salida, la meta, el pódium… y después a clavar piquetas. El terreno completamente helado obligaba a usar la maza con fuerza, intensidad … y destreza: algún dedo se quedó machacado entre medias.

Los últimos detalles después de semanas de trabajo, después de un largo sábado de preparativos. Todo en la cabeza de tres o cuatro personas a los que los demás no paramos de buscar, de preguntar, de llamar, de pedir… desde la cinta de pegar o unas tenazas para cortar hasta la última decisión sobre cualquier otro aspecto de la organización.

Y poco a poco fue saliendo el sol a la vez que el recinto comenzaba a llenarse de corredores. Los primeros, los niños, estrenando una nueva dimensión de esta prueba, que busca crecer progresivamente aunque sin perder  la cabeza. Poco a poco, consolidando los avances. No resultó sencillo encajar las ocho carreras de categorías menores en tan poco espacio de tiempo teniendo en cuenta la cantidad de preparativos que había que hacer antes y manteniendo la salida de la prueba absoluta a las 12:00. Tampoco sabíamos cuántos niños correrían. Los inscritos hasta el viernes casi se duplicaron a lo largo de la jornada del sábado en la feria del corredor. Quizá en otro momento se pueda a entrar a valorar los comentarios surgidos a lo largo del fin de semana sobre la organización. Pero por ahora no.

A las 11.35 entró el último prebenjamín en meta. Y de ayudante pasé a corredor. Por no tener ni siquiera había tenido tiempo de preparar la bolsa, así que no tenía la camiseta del club. ¿Qué iban a decir de mí los compañeros mi de equipo si no corría con los colores de mi equipo en el cross de mi equipo? Nada bueno.
Pero ahí estaba Guille Buenadicha, cuyo apellido le define con justa precisión, que me dejó  una con la que pude lucir de gala e identificarme como miembro y parte del equipo, como uno más del numeroso plantel de corredores del Ecosport que participaron en su cross.

Y corrí mi carrera. En pleno proceso de recuperación tal vez no parezca mucho, pero lo es.

Uno de los problemas de estar largo tiempo parado y sin competir es que se pierde una parte importante de todos y cada uno de los ingredientes necesarios para correr al cien por cien. Se pierde resistencia, velocidad, fuerza, elasticidad… y capacidad de sufrimiento.

De todos los primeros conceptos se puede escasear más o menos en función de las alternativas que cada uno encuentra durante el tiempo que dura la fase de parada por lesión. Se puede mantener la resistencia o la fuerza con salidas frecuentes en bici, en el gimnasio, haciendo pilates … hay alternativas. Pero la capacidad de sufrir en competición solo se adquiere en las sesiones más intensas de entrenamiento o en la propia competición. Sin unas u otras te quedas a cero. Ese punto de esfuerzo extra, esa exigencia de la voluntad a mantener el ritmo, a  dar un poco más, a no ceder a la tentación de aflojar, en definitiva, de dar el máximo … eso lo he perdido. Y eso es lo que más cuesta recuperar. Si pudiéramos separar el cuerpo de la cabeza, esta parte la pone la cabeza, la mentalidad, la voluntad, el carácter. Y la cabeza también se entrena.

Un cuerpo escasamente entrenado y una cabeza poco dispuesta al sufrimiento me llevaron a correr bajo un prisma diferente: a correr por el placer de correr, de estar ahí, de compartir la carrera con la gente con la que me une esta afición.


La carrera la ganó Luis Miguel Sanchez Blanco. Siempre que gana un abulense una prueba en Ávila parece que da más alegría, pero en este caso la victoria Luismi me produce una satisfacción aún mayor. Le recuerdo de jovencito compitiendo con los mayores en las primeras ediciones del circuito de carreras Ecosport, peleando el primer puesto de su categoría con otro de nuestros mayores valores atléticos: Alberto Sanchez Pinilla. Y desde entonces y con la inestimable aportación de Luis, su padre, al que me encontraba todos los días en el trabajo y me ponía al día se sus progresos, he seguido su carrera. Y me alegro mucho por los dos, por Luismi y por Luis, porque llevan el atletismo en la sangre. No pude ver la entrada de Luismi en la meta porque aún me quedaban unos kilómetros por recorrer, pero si hubiera estado allí habría mirado a la cara de Luis, su padre, para ver su cara de felicidad. Luismi ya ha ganado un buen puñado de carreras, pero esta seguro que es especial … para ambos.

jueves, 19 de enero de 2017

IX CROSS DE AVILA MEMORIAL JOSE SORIANO: RECOGIDA DE MEDICAMENTOS




TRÁENOS LOS MEDICAMENTOS NO CADUCADOS QUE YA NO TE HAGAN FALTA
Todos aquellos medicamentos que se recojan se donaran a la Asociación LEAN que promueve un Proyecto de Ayuda Humanitaria en Venezuela y que se encarga de hacerlos llegar a las personas más necesitadas de forma directa.
Se recogen todo tipo de medicinas NO CADUCADAS así como material sanitario. Sirve los envases abiertos de blister de pastillas, cápsulas, comprimidos etc. Los jarabes abiertos no.
Podrás entregarlo durante la feria del corredor cuando vengas a recoger tu dorsal o el mismo día de la prueba en el punto de recogida de dorsales.
Y si no ... y en cualquier momento a lo largo de los próximos meses me los podéis dar a mí que se los haré llegar periódicamente.
Muchas gracias por vuestra ayuda. Hay mucha gente pasándolo muy mal y nosotros podemos hacer algo por evitarlo.

sábado, 31 de diciembre de 2016

LA CARTA DE DESPEDIDA DE MI PADRE A LA SAN SILVESTRE VALLECANA



Este año mi padre no correrá la San Silvestre Vallecana. Se retira de esta carrera.

El año pasado, unos días después de que terminaran las fiestas, le pedí que escribiera algo para al blog.

Y me mandó este texto que transcribo aquí ahora, como despedida de una carrera que para mi familia es una parte más de las ceremonias de la Navidad.

Como todo el mundo conoce, en Madrid se celebran, digo celebrar porque correr es una fiesta, muchas carreras a lo largo del año, Moratalaz, Canillejas, Coslada…, pero hay una que tiene un rango especial, quizá por el recorrido, por su antigüedad, por el gran ambiente continuo que conlleva por celebrarse en una fecha tan señalada, el caso es que la San Silvestre Vallecana es la reina de las carreras de Madrid.

Para nosotros es una carrera familiar en la que hemos participado cinco miembros, entre ellos mi nieta Alicia que me acompañó toda la carrera.

Mención aparte y muy especial merecen mis amigos Guillermo y Rodrigo más dos o tres amigos de estos, todos magníficos deportistas que pertenecen al equipo de Rugby Veterinaria. No tengo palabras para calificar su comportamiento conmigo, su apoyo constante, su cariño. Su actitud supera cualquier calificativo que yo pudiera emplear.

Y vamos con la carrera.

La carrera suscita en mí sentimientos varios. Hubo una representación teatral hace unos años cuyo título es “La Hora de la Fantasía”, de Anna Bonacci. Y eso es exactamente lo que fue para mí la carrera: una fantasía maravillosa. ¿Cuál es la razón? Yo creo que los 85 años y tres meses de edad que tenía en ese momento se hicieron claramente visibles y estallaron. Decenas y decenas de fotografías, abrazos continuos, estrechamiento de manos y algunas jovencitas que vieron que el abuelito era inofensivo, se atrevieron a darme un beso que me hicieron recordar los versos de Campoamor que decían “Las hijas de las madres que amé tanto me besan ahora como si fuera un santo”.

Y así continuó toda la carrera.

Desde Cibeles a Atocha fue tremendo. Pero dicho esto tengo que dejar muy claro mi agradecimiento a todos y a todas con el que corrí rodeado.

En este momento pienso que será mi última carrera de la San Silvestre, en la que debuté en 1982 en aquellos años ya lejanos que se celebraba por la mañana. No hace falta decir que corría mucho más rápido que este año y fui acompañado por mi hija mayor. Este año, entre los magníficos deportistas que acompañaba estaba mi nieta Alicia que practica el fútbol y el hockey sobre patines.


Mucha suerte  a todos en los próximos años y quiero que sepáis que nunca olvidaré a los corredores del 31-12-2015.

viernes, 30 de diciembre de 2016

VOLVER POR NAVIDAD


foto Avila run stream

Tenía dos opciones: correr o no correr. Y opté por la primera.

Meses de dolores físicos y anímicos, momentos de angustia, de pena, de impotencia. Solo una cosa me hacía seguir intentándolo. Si a lo largo de mi vida he superado un montón de lesiones, entonces ¿por qué pensar que esta vez no sería igual?

Y si días atrás ya podía salir a trotar un rato ¿por qué no salir en la Carrera de Navidad? ¿Qué diferencia existe? ¿La competición? Si, la competición, pero ¿con quién?

Esta vez solo competiría contra mí mismo … y ni siquiera eso. Esta vez solo tenía que salir a correr, como cualquier día por el Soto, por la presa, por el carril bici o por el camino del vivero. Olvidarme de los tiempos, de los puestos, de los ritmos. Olvidarme de todo.

Solo correr. Nada más y nada menos que correr.

Pero … ¿y si volvían a aparecer los dolores?

Sin peros. Solo correr. Solo ese momento. Lo que tuviera que pasar pasaría igual. Solo correr. Solo el presente. ¿Por qué pensar en las carreras del pasado, en las marcas, en los puestos? Eso ya quedó atrás. Con eso he llegado hasta aquí. ¿Por qué pensar en el futuro? …Y si me duele, y si no aguanto, y la próxima carrera, y cómo entrenar … No. No.

Y corrí.

Y sentí una emoción enorme de estar ahí. Y una satisfacción como pocas veces he sentido en una carrera. Pero no solo por correr. A lo largo del camino muchos me animasteis. Y choqué las palmas con tantos niños como extendieron su palma hacía mí. Y recogí vuestros saludos en la salida y en la meta con la avidez del sediento, enormemente agradecido de volver a estar de nuevo con vosotros.

Y desde ese día he seguido corriendo.



A todos los corredores que no pueden correr porque están lesionados se lo vuelvo a recordar: hay un camino. Hay una salida. Tal vez hay momentos que pueda parecer lo contrario. Pero existe. 

martes, 29 de noviembre de 2016

AÑO 1978. EL PLAN (CON PERDÓN) DE ENTRENAMIENTO DE MI PRIMERA MARATON.



Ahora, con los años, puede pensarse que aquella manera de entrenar era una mezcla proporcional entre temeraria, grotesca, ridícula, pretenciosa, ingenua, atrevida y tantos otros calificativos como cada uno quiera añadir.

Pero era el comienzo del atletismo popular y todo estaba por descubrir.

Hasta que el Doctor Sheeham, un afamado cardiólogo y corredor norteamericano no empezó a asomarse por las estanterías de las librerías españolas, no existía prácticamente  literatura alguna que iluminase nuestros inicios en el maratón, de tal manera que si ahora los 7000 corredores que tomamos la salida en la primera edición del maratón de Madrid fuéramos encuestados sobre nuestros métodos, realmente las respuestas podrían justificar todos y cada uno de los calificativos a los que antes me refería y cuya lista resulta interesadamente corta, por no resultar pesado.

Mis tres amigos, Francisco, Miguel y Samuel, a los que ya he hecho referencia en otras ocasiones en mis Crónicas del Pleistoceno y yo diseñamos un sofisticado método de entrenamiento que comenzó tres semanas antes de la gran cita. Contábamos con dos estudiadas alternativas.

El entrenamiento 1 consistía en recorrer la distancia que media entre nuestra pista de atletismo de la Concepción y el Santiago Bernabeu, dos iconos del deporte madrileño, con distinta suerte, mientras la pista de atletismo no para de menguar, el estadio del equipo madrileño sigue creciendo a golpe de modificación de plan urbanístico. En total la distancia ida y vuelta debía ser como de 15 kilómetros.

El entrenamiento 2 era nuestro preferido. Pariendo del mismo punto de inicio, nos dirigíamos a la calle Arturo Soria que recorríamos al trote hasta que aparecía el autobús de la Empresa Municipal de Transportes número 70. En ese momento comenzaba el verdadero entrenamiento. A toda velocidad, sorteando peatones, señales de tráfico, árboles, niños, carritos de niños, perros, correas de perros y semáforos recorríamos por la acera lo que el autobús hacía por la calzada, con una ventaja para nosotros: las paradas y los semáforos. Allí donde el 70 tenía que parar a recoger pasajeros, nuestras carreras se igualaban o le tomábamos suficiente ventaja para recuperar resuello. Y lo mismo ocurría en los semáforos: el 70 no se los podía saltar. Nosotros, que me perdone mi madre, si. (Ten cuidadito, hijo, ten cuidadito).

Competir contra el 70 llevaba aparejado un aliciente extra: los pasajeros. Sus caras iban desde el “mira-esos-idiotas, donde-irán” hasta el “mira-esos-idiotas, que-graciosos”. El caso es que cuando nos adelantaba el 70 casi todas las caras se volvían a ver cuánto de atrás nos quedábamos, mientras que las pocas veces que nosotros le adelantábamos,  pegaban la cara al cristal para ver nuestra ventaja.

Arturo Soria es una calle larga, muy larga cuando persigues a un autobús y, a pesar de que entonces ya había un tráfico considerable, lo normal es que el 70 desapareciera de nuestra vista para no volverle a ver… hasta que aparecía a nuestras espaldas el siguiente. Y vuelta a empezar.

¿Cambios de ritmo? ¿Fartlek? ¿Series? En aquél entonces, perseguir al 70 no tenía nombre. Pero era divertido.

Tres semanas de entrenamiento y a competir. Ahí lo dejo. Probadlo y me contáis.


Nosotros cuatro terminamos el maratón. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

¡A FORMAR!. DE CÓMO FUERON MIS PRIMEROS PASOS EN EL DEPORTE Y SOBREVIVÍ SIN ABORRECERLO



¡A formar! Ordenaba con estudiada pose marcial Don Jerónimo.

Cuenta la leyenda que Don Jerónimo, el profe de gimnasia, era sargento retirado del ejército y a partir de ahí, ésta, la leyenda, era adornada con múltiples historias forjadas durante tantas generaciones de estudiantes del colegio “Begoña”. Mi colegio.

Las había para todos los gustos, aquellos que le consideraban un héroe nacional, inventaban hechos que ensombrecerían las hazañas de John Mclane o Bruce Willis, que ya se confunden uno y otro.
 Por el contrario, los que le odiaban, aventuraban que había sido expulsado del ejército con deshonor por sádico, tirano, cruel y opresor y para colmo, que le habían arrancado las charreteras y todos los botones de la chaqueta en señal de repudio.

Sea como fuere allí estábamos formados en fila de a cuatro todos los chicos de 4º curso. Por entonces a mi cole no iban niñas. De eso se libraron... o ellas se lo perdieron.

Formados, sin rechistar, espalda recta, barbilla alta y a la distancia exacta de un brazo apoyado en el hombro del compañero de delante. En camiseta de manga corta de color blanco y pantalón corto de color azul. Los más bajitos ocupando el frente (yo en segunda fila, que no había dado y ni siquiera apuntaba a hacerlo, el estirón). Los más altos detrás.

Cierto es que Madrid no es Ávila, pero el invierno en la capital tiene sus días, cosa que a Don Jerónimo le importaba aproximadamente lo mismo que una plantación extensiva de rábanos. Allí estábamos formados en un patio entre bloques de edificios en cuyos bajos residía mi colegio, con las piernas y los brazos más bien tirando a morado y tiritando de frío.

Después de la formación venía el “rompan filas” y el inicio de la sesión  “a ver quien se abre la cabeza hoy”.

Don Jerónimo, con cuidadosa y estudiada periodicidad, alternaba los siguientes instrumentos que alguien llamaba aparatos de gimnasia y que, por otra parte, era el único material deportivo con el que contábamos en el colegio: el potro, el plinton, el caballo y unas sillitas de tijera de madera muy propias para pasar una tarde en el campo, aunque Don Jerónimo le tenía reservado otro fin algo menos lúdico.

Y además teníamos unas cuantas colchonetas. Nunca descubrimos el motivo por el que jamás estaban donde deberían estar, sino unos centímetros más atrás o más adelante, a la derecha o a la izquierda. Muchos años trabajando con Don Jerónimo probablemente les había conferido un carácter semejante.

Estábamos hablando del potro, el plinton, el caballo y las sillas de tijera. Pues bien. 
En fila de a uno y empezando por Roa y su metro veinte hasta un repetidor de cuyo apellido no me acuerdo (en aquella época no teníamos nombre, solo apellido), comenzaba una sesión de salto al grito de “potro exterior”. Don Jerónimo tocaba su silbato, ¡Piiiii!, reluciente sobre su chaqueta verde, verde caqui (faltaría más) y comenzaba una rueda de saltos. 
En general el potro exterior no tenía mayor dificultad. Una pierna por un lado, otro por el otro y listo.

El problema radicaba en que Don Jerónimo, alimentando su leyenda, jamás permitía que todo el grupo saliese airoso de la clase de gimnasia.

Así que pasaba a la segunda fase. “Potro interior” Piiiiiiii. 
¡Zas! Uno, dos, tres, Iglesias ,… los cinco o seis primeros, que habíamos albergado esperanzas de que ese día sí íbamos a ser capaces de acabar sin incidentes la clase, éramos presa de la cólera de don Jerónimo (¡Inútiles! ¡Parecéis niñas! y un largo etcétera)  a las que sumar las siempre mordaces burlas del resto de los compañeros. 

¡Faltaría más!

Y el potro era lo fácil. Ahí estaba esperando el caballo, cuya grupa era lo suficientemente larga como para estrellar el sacro, que por entonces se llamaba simplemente culo, en la dura madera del equino, supuestamente recubierta de gomaespuma, comprimida por décadas de uso y de un cuero curtido, cómo no, a culadas.

Y aún, si quedaba tiempo, siempre podíamos recurrir al plinton, donde Don Jerónimo explicaba con la ayuda del atlético Jurado, nuestro gimnasta por excelencia, cómo saltar estirando los brazos, apoyándolos en la parte superior del plinton y, metiendo la cabeza hacia el pecho, elevar las piernas y dar una voltereta sobre el elemento, saliendo con las piernas estiradas y cayendo con los pies juntos.
Dejo a vuestra imaginación el resultado.

Y ¿Las sillas de tijera? No me he olvidado de ellas, no. Había días en los que Don Jerónimo se mostraba más complaciente y nos permitía disfrutar media hora de clase haciendo volteretas adelante, volteretas hacia atrás, volteretas laterales (jamás en mi vida he dado una, pero en la masa de 45 alumnos no me resultaba difícil pasar desapercibido), el pino apoyado en la pared, el pino al aire (igual de jamás) etc. 

Y la otra mitad …
¡A formar! Cuatro filas, sin rechistar, espalda recta, barbilla alta…. Las sillas colocadas una enfrente de cada fila. Tras ellas una colchoneta. 
Combinación letal. 
Silla y colchoneta.

“El salto del león” Piiiiiiii.

Espero y deseo que la mayoría de los complacientes lectores nunca hayan tenido que sufrir algo semejante a lo que paso a describir: Don Jerónimo y el salto del león. 
Se trataba (¡simplemente?) de correr, tomar impulso y volar por encima de la silla cayendo con los brazos extendidos mientras se daba una voltereta hacia delante.

El caso es que probablemente no sea tan difícil, pero con nueve o diez años tienes derecho a tener terror a algo, a los perros, a las arañas, al hombre del saco, a la mano negra … o al salto del león. Cierto es que yo también le tenía miedo a la mano negra … pero es que mi barrio  de Madrid no era precisamente el barrio de Salamanca (el barrio fino, para que me entiendan los foráneos)… aunque eso es otra historia.

Tengo en mi recuerdo un salto en particular en el que mis brazos y piernas estaban retorcidos en un amasijo de madera y extremidades. ¿La colchoneta? Debió apartarse mientras yo estaba en vuelo.
Sé que rompí la silla y, sin embargo, yo no me rompí nada … óseo, muscular ni tendinoso. 

Desde aquél día empecé a tener más miedo al salto del león (a la clase de gimnasia entera, mejor dicho, en realidad a Don Jerónimo o su proximidad) que a la mano negra.


Con el tiempo descubrí varias cosas. 
La primera, que no era cierta ninguna de las historias sobre Don Jerónimo. 
La segunda, que no es difícil romperse un hueso: yo llevo varios, pero suele pasar de la manera más tonta. 
La tercera que la mano negra no existió nunca. 
La cuarta, que jamás volveré a saltar un potro, un plinton o un caballo ni, por supuesto, haré el salto del león. 
Y la quinta, que ni Don Jerónimo ni nadie ha sido ni será capaz de evitar que siga haciendo deporte … hasta que yo mismo lo decida.