domingo, 12 de febrero de 2017

GOLBER A GOLBER


Hace muchos años un compañero me contó una cosa que le había ocurrido.  Resulta que había tenido avería en casa y tuvo que llamar a un fontanero. El hombre, cuando llegó a la casa y vio los daños se fue de nuevo y trajo el material necesario para la reparación, que realizó en poco tiempo y a satisfacción de mi amigo.

Posteriormente, en la factura reflejó, además de la mano de obra y los materiales, el siguiente concepto:

“Por ir, por golber y por golber a golber”.

Así, tal cual lo escribo, con g y con b.

¿Por qué se me quedó grabado aquello y no soy capaz de contar un chiste ni cinco minutos después de que me lo cuenten a mí? No lo sé. Cada uno tenemos en la cabeza lo que tenemos.

Pero desde entonces ese “golber a golber” forma parte de mi archivo de frases. Y ahora me viene de nuevo a la cabeza porque en eso estoy, en  volver de nuevo o, mejor dicho, en “golber a golber”.

Cuando uno se lesiona tiene por delante al menos tres tareas sucesivas… o complementarias: la primera recuperarse de la lesión. La segunda perder el miedo a recaer y la tercera volver a recuperar la forma.

Yo estoy entre la segunda y la tercera. Recuperado de los dolores, de esos que de verdad impiden correr y conviviendo de nuevo con aquellos que lo permiten, poco a poco voy perdiendo el miedo (pánico, terror o  pavor también valen) a pisar fuerte, a bajar cuestas apoyando el pie sin protección, a notar cómo la pisada se transmite a la rodilla, a comprobar su efecto, a subir ritmos… a dejar de buscar dolores, a dejar de escucharme.

Y poco a poco voy recuperando la forma. Ya llevo casi dos meses corriendo y me he lanzado a hacer series. Los primeros días es mejor no mirar el crono. ¿Para qué? Después de llevar los pulmones y las piernas al límite, miras el tiempo y siempre es mucho peor de lo que te imaginabas.   Y solo hay una fórmula para esto: PACIENCIA Y CONSTANCIA. 
No hay más. No hay entrenamientos milagrosos ni planes maravillosos.

PACIENCIA Y CONSTANCIA. Nadie recupera la forma de un día para otro. Nadie está parado seis meses, nueve o doce  y vuelve igual que lo dejó. Y solo hay un camino: superar estos momentos para que, poco a poco, lleguen los otros, los de mirar el crono y … esta vez sí, esta vez ver que el tiempo está cerca de tus expectativas.

Y entonces, casi de semana en semana sientes que vuelves.
“Golber a golber”.

Y además, mientras corro, me pasa una cuarta cosa: que me acuerdo de los que no corren. Me acuerdo de Vicente, de Quique, de Vivi… Me acuerdo de las carreras que hemos hecho juntos, de los entrenamientos que hemos compartido, de nuestras conversaciones.

¿Cómo podría hacer yo para ayudarles? No soy médico, no soy fisioterapeuta, no soy psicólogo, no soy masajista, no tengo habilidades curativas.

Solo puedo escribir. Solo y torpemente.

Solo les puedo recordar algo que ellos ya saben: la primera parte de esas tres que antes mencionaba se termina algún día. Recuperaos de la lesión. Llegará el día en que estéis de nuevo pensando en entrenamientos, en competiciones, en ritmos. No perdáis la esperanza ni la paciencia. Lo conseguiréis.

Estáis en el camino de “golber a golber”. Os estoy esperando.

lunes, 23 de enero de 2017

IX CROSS DE AVILA. MEMORIAL JOSÉ SORIANO: Y GANÓ LUISMI

foto Juan Luis Galindo


Otra edición más del Cross de Ávila. Ya van nueve.

Con el amanecer comenzaron a llegar los primeros coches al Soto. Los primeros voluntarios con la necesaria tarea de completar la instalación de toda la infraestructura que mueve la organización del cross. Con frio y entre dos luces montando carpas, arcos de salida, la meta, el pódium… y después a clavar piquetas. El terreno completamente helado obligaba a usar la maza con fuerza, intensidad … y destreza: algún dedo se quedó machacado entre medias.

Los últimos detalles después de semanas de trabajo, después de un largo sábado de preparativos. Todo en la cabeza de tres o cuatro personas a los que los demás no paramos de buscar, de preguntar, de llamar, de pedir… desde la cinta de pegar o unas tenazas para cortar hasta la última decisión sobre cualquier otro aspecto de la organización.

Y poco a poco fue saliendo el sol a la vez que el recinto comenzaba a llenarse de corredores. Los primeros, los niños, estrenando una nueva dimensión de esta prueba, que busca crecer progresivamente aunque sin perder  la cabeza. Poco a poco, consolidando los avances. No resultó sencillo encajar las ocho carreras de categorías menores en tan poco espacio de tiempo teniendo en cuenta la cantidad de preparativos que había que hacer antes y manteniendo la salida de la prueba absoluta a las 12:00. Tampoco sabíamos cuántos niños correrían. Los inscritos hasta el viernes casi se duplicaron a lo largo de la jornada del sábado en la feria del corredor. Quizá en otro momento se pueda a entrar a valorar los comentarios surgidos a lo largo del fin de semana sobre la organización. Pero por ahora no.

A las 11.35 entró el último prebenjamín en meta. Y de ayudante pasé a corredor. Por no tener ni siquiera había tenido tiempo de preparar la bolsa, así que no tenía la camiseta del club. ¿Qué iban a decir de mí los compañeros mi de equipo si no corría con los colores de mi equipo en el cross de mi equipo? Nada bueno.
Pero ahí estaba Guille Buenadicha, cuyo apellido le define con justa precisión, que me dejó  una con la que pude lucir de gala e identificarme como miembro y parte del equipo, como uno más del numeroso plantel de corredores del Ecosport que participaron en su cross.

Y corrí mi carrera. En pleno proceso de recuperación tal vez no parezca mucho, pero lo es.

Uno de los problemas de estar largo tiempo parado y sin competir es que se pierde una parte importante de todos y cada uno de los ingredientes necesarios para correr al cien por cien. Se pierde resistencia, velocidad, fuerza, elasticidad… y capacidad de sufrimiento.

De todos los primeros conceptos se puede escasear más o menos en función de las alternativas que cada uno encuentra durante el tiempo que dura la fase de parada por lesión. Se puede mantener la resistencia o la fuerza con salidas frecuentes en bici, en el gimnasio, haciendo pilates … hay alternativas. Pero la capacidad de sufrir en competición solo se adquiere en las sesiones más intensas de entrenamiento o en la propia competición. Sin unas u otras te quedas a cero. Ese punto de esfuerzo extra, esa exigencia de la voluntad a mantener el ritmo, a  dar un poco más, a no ceder a la tentación de aflojar, en definitiva, de dar el máximo … eso lo he perdido. Y eso es lo que más cuesta recuperar. Si pudiéramos separar el cuerpo de la cabeza, esta parte la pone la cabeza, la mentalidad, la voluntad, el carácter. Y la cabeza también se entrena.

Un cuerpo escasamente entrenado y una cabeza poco dispuesta al sufrimiento me llevaron a correr bajo un prisma diferente: a correr por el placer de correr, de estar ahí, de compartir la carrera con la gente con la que me une esta afición.


La carrera la ganó Luis Miguel Sanchez Blanco. Siempre que gana un abulense una prueba en Ávila parece que da más alegría, pero en este caso la victoria Luismi me produce una satisfacción aún mayor. Le recuerdo de jovencito compitiendo con los mayores en las primeras ediciones del circuito de carreras Ecosport, peleando el primer puesto de su categoría con otro de nuestros mayores valores atléticos: Alberto Sanchez Pinilla. Y desde entonces y con la inestimable aportación de Luis, su padre, al que me encontraba todos los días en el trabajo y me ponía al día se sus progresos, he seguido su carrera. Y me alegro mucho por los dos, por Luismi y por Luis, porque llevan el atletismo en la sangre. No pude ver la entrada de Luismi en la meta porque aún me quedaban unos kilómetros por recorrer, pero si hubiera estado allí habría mirado a la cara de Luis, su padre, para ver su cara de felicidad. Luismi ya ha ganado un buen puñado de carreras, pero esta seguro que es especial … para ambos.

jueves, 19 de enero de 2017

IX CROSS DE AVILA MEMORIAL JOSE SORIANO: RECOGIDA DE MEDICAMENTOS




TRÁENOS LOS MEDICAMENTOS NO CADUCADOS QUE YA NO TE HAGAN FALTA
Todos aquellos medicamentos que se recojan se donaran a la Asociación LEAN que promueve un Proyecto de Ayuda Humanitaria en Venezuela y que se encarga de hacerlos llegar a las personas más necesitadas de forma directa.
Se recogen todo tipo de medicinas NO CADUCADAS así como material sanitario. Sirve los envases abiertos de blister de pastillas, cápsulas, comprimidos etc. Los jarabes abiertos no.
Podrás entregarlo durante la feria del corredor cuando vengas a recoger tu dorsal o el mismo día de la prueba en el punto de recogida de dorsales.
Y si no ... y en cualquier momento a lo largo de los próximos meses me los podéis dar a mí que se los haré llegar periódicamente.
Muchas gracias por vuestra ayuda. Hay mucha gente pasándolo muy mal y nosotros podemos hacer algo por evitarlo.

sábado, 31 de diciembre de 2016

LA CARTA DE DESPEDIDA DE MI PADRE A LA SAN SILVESTRE VALLECANA



Este año mi padre no correrá la San Silvestre Vallecana. Se retira de esta carrera.

El año pasado, unos días después de que terminaran las fiestas, le pedí que escribiera algo para al blog.

Y me mandó este texto que transcribo aquí ahora, como despedida de una carrera que para mi familia es una parte más de las ceremonias de la Navidad.

Como todo el mundo conoce, en Madrid se celebran, digo celebrar porque correr es una fiesta, muchas carreras a lo largo del año, Moratalaz, Canillejas, Coslada…, pero hay una que tiene un rango especial, quizá por el recorrido, por su antigüedad, por el gran ambiente continuo que conlleva por celebrarse en una fecha tan señalada, el caso es que la San Silvestre Vallecana es la reina de las carreras de Madrid.

Para nosotros es una carrera familiar en la que hemos participado cinco miembros, entre ellos mi nieta Alicia que me acompañó toda la carrera.

Mención aparte y muy especial merecen mis amigos Guillermo y Rodrigo más dos o tres amigos de estos, todos magníficos deportistas que pertenecen al equipo de Rugby Veterinaria. No tengo palabras para calificar su comportamiento conmigo, su apoyo constante, su cariño. Su actitud supera cualquier calificativo que yo pudiera emplear.

Y vamos con la carrera.

La carrera suscita en mí sentimientos varios. Hubo una representación teatral hace unos años cuyo título es “La Hora de la Fantasía”, de Anna Bonacci. Y eso es exactamente lo que fue para mí la carrera: una fantasía maravillosa. ¿Cuál es la razón? Yo creo que los 85 años y tres meses de edad que tenía en ese momento se hicieron claramente visibles y estallaron. Decenas y decenas de fotografías, abrazos continuos, estrechamiento de manos y algunas jovencitas que vieron que el abuelito era inofensivo, se atrevieron a darme un beso que me hicieron recordar los versos de Campoamor que decían “Las hijas de las madres que amé tanto me besan ahora como si fuera un santo”.

Y así continuó toda la carrera.

Desde Cibeles a Atocha fue tremendo. Pero dicho esto tengo que dejar muy claro mi agradecimiento a todos y a todas con el que corrí rodeado.

En este momento pienso que será mi última carrera de la San Silvestre, en la que debuté en 1982 en aquellos años ya lejanos que se celebraba por la mañana. No hace falta decir que corría mucho más rápido que este año y fui acompañado por mi hija mayor. Este año, entre los magníficos deportistas que acompañaba estaba mi nieta Alicia que practica el fútbol y el hockey sobre patines.


Mucha suerte  a todos en los próximos años y quiero que sepáis que nunca olvidaré a los corredores del 31-12-2015.

viernes, 30 de diciembre de 2016

VOLVER POR NAVIDAD


foto Avila run stream

Tenía dos opciones: correr o no correr. Y opté por la primera.

Meses de dolores físicos y anímicos, momentos de angustia, de pena, de impotencia. Solo una cosa me hacía seguir intentándolo. Si a lo largo de mi vida he superado un montón de lesiones, entonces ¿por qué pensar que esta vez no sería igual?

Y si días atrás ya podía salir a trotar un rato ¿por qué no salir en la Carrera de Navidad? ¿Qué diferencia existe? ¿La competición? Si, la competición, pero ¿con quién?

Esta vez solo competiría contra mí mismo … y ni siquiera eso. Esta vez solo tenía que salir a correr, como cualquier día por el Soto, por la presa, por el carril bici o por el camino del vivero. Olvidarme de los tiempos, de los puestos, de los ritmos. Olvidarme de todo.

Solo correr. Nada más y nada menos que correr.

Pero … ¿y si volvían a aparecer los dolores?

Sin peros. Solo correr. Solo ese momento. Lo que tuviera que pasar pasaría igual. Solo correr. Solo el presente. ¿Por qué pensar en las carreras del pasado, en las marcas, en los puestos? Eso ya quedó atrás. Con eso he llegado hasta aquí. ¿Por qué pensar en el futuro? …Y si me duele, y si no aguanto, y la próxima carrera, y cómo entrenar … No. No.

Y corrí.

Y sentí una emoción enorme de estar ahí. Y una satisfacción como pocas veces he sentido en una carrera. Pero no solo por correr. A lo largo del camino muchos me animasteis. Y choqué las palmas con tantos niños como extendieron su palma hacía mí. Y recogí vuestros saludos en la salida y en la meta con la avidez del sediento, enormemente agradecido de volver a estar de nuevo con vosotros.

Y desde ese día he seguido corriendo.



A todos los corredores que no pueden correr porque están lesionados se lo vuelvo a recordar: hay un camino. Hay una salida. Tal vez hay momentos que pueda parecer lo contrario. Pero existe. 

martes, 29 de noviembre de 2016

AÑO 1978. EL PLAN (CON PERDÓN) DE ENTRENAMIENTO DE MI PRIMERA MARATON.



Ahora, con los años, puede pensarse que aquella manera de entrenar era una mezcla proporcional entre temeraria, grotesca, ridícula, pretenciosa, ingenua, atrevida y tantos otros calificativos como cada uno quiera añadir.

Pero era el comienzo del atletismo popular y todo estaba por descubrir.

Hasta que el Doctor Sheeham, un afamado cardiólogo y corredor norteamericano no empezó a asomarse por las estanterías de las librerías españolas, no existía prácticamente  literatura alguna que iluminase nuestros inicios en el maratón, de tal manera que si ahora los 7000 corredores que tomamos la salida en la primera edición del maratón de Madrid fuéramos encuestados sobre nuestros métodos, realmente las respuestas podrían justificar todos y cada uno de los calificativos a los que antes me refería y cuya lista resulta interesadamente corta, por no resultar pesado.

Mis tres amigos, Francisco, Miguel y Samuel, a los que ya he hecho referencia en otras ocasiones en mis Crónicas del Pleistoceno y yo diseñamos un sofisticado método de entrenamiento que comenzó tres semanas antes de la gran cita. Contábamos con dos estudiadas alternativas.

El entrenamiento 1 consistía en recorrer la distancia que media entre nuestra pista de atletismo de la Concepción y el Santiago Bernabeu, dos iconos del deporte madrileño, con distinta suerte, mientras la pista de atletismo no para de menguar, el estadio del equipo madrileño sigue creciendo a golpe de modificación de plan urbanístico. En total la distancia ida y vuelta debía ser como de 15 kilómetros.

El entrenamiento 2 era nuestro preferido. Pariendo del mismo punto de inicio, nos dirigíamos a la calle Arturo Soria que recorríamos al trote hasta que aparecía el autobús de la Empresa Municipal de Transportes número 70. En ese momento comenzaba el verdadero entrenamiento. A toda velocidad, sorteando peatones, señales de tráfico, árboles, niños, carritos de niños, perros, correas de perros y semáforos recorríamos por la acera lo que el autobús hacía por la calzada, con una ventaja para nosotros: las paradas y los semáforos. Allí donde el 70 tenía que parar a recoger pasajeros, nuestras carreras se igualaban o le tomábamos suficiente ventaja para recuperar resuello. Y lo mismo ocurría en los semáforos: el 70 no se los podía saltar. Nosotros, que me perdone mi madre, si. (Ten cuidadito, hijo, ten cuidadito).

Competir contra el 70 llevaba aparejado un aliciente extra: los pasajeros. Sus caras iban desde el “mira-esos-idiotas, donde-irán” hasta el “mira-esos-idiotas, que-graciosos”. El caso es que cuando nos adelantaba el 70 casi todas las caras se volvían a ver cuánto de atrás nos quedábamos, mientras que las pocas veces que nosotros le adelantábamos,  pegaban la cara al cristal para ver nuestra ventaja.

Arturo Soria es una calle larga, muy larga cuando persigues a un autobús y, a pesar de que entonces ya había un tráfico considerable, lo normal es que el 70 desapareciera de nuestra vista para no volverle a ver… hasta que aparecía a nuestras espaldas el siguiente. Y vuelta a empezar.

¿Cambios de ritmo? ¿Fartlek? ¿Series? En aquél entonces, perseguir al 70 no tenía nombre. Pero era divertido.

Tres semanas de entrenamiento y a competir. Ahí lo dejo. Probadlo y me contáis.


Nosotros cuatro terminamos el maratón. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

¡A FORMAR!. DE CÓMO FUERON MIS PRIMEROS PASOS EN EL DEPORTE Y SOBREVIVÍ SIN ABORRECERLO



¡A formar! Ordenaba con estudiada pose marcial Don Jerónimo.

Cuenta la leyenda que Don Jerónimo, el profe de gimnasia, era sargento retirado del ejército y a partir de ahí, ésta, la leyenda, era adornada con múltiples historias forjadas durante tantas generaciones de estudiantes del colegio “Begoña”. Mi colegio.

Las había para todos los gustos, aquellos que le consideraban un héroe nacional, inventaban hechos que ensombrecerían las hazañas de John Mclane o Bruce Willis, que ya se confunden uno y otro.
 Por el contrario, los que le odiaban, aventuraban que había sido expulsado del ejército con deshonor por sádico, tirano, cruel y opresor y para colmo, que le habían arrancado las charreteras y todos los botones de la chaqueta en señal de repudio.

Sea como fuere allí estábamos formados en fila de a cuatro todos los chicos de 4º curso. Por entonces a mi cole no iban niñas. De eso se libraron... o ellas se lo perdieron.

Formados, sin rechistar, espalda recta, barbilla alta y a la distancia exacta de un brazo apoyado en el hombro del compañero de delante. En camiseta de manga corta de color blanco y pantalón corto de color azul. Los más bajitos ocupando el frente (yo en segunda fila, que no había dado y ni siquiera apuntaba a hacerlo, el estirón). Los más altos detrás.

Cierto es que Madrid no es Ávila, pero el invierno en la capital tiene sus días, cosa que a Don Jerónimo le importaba aproximadamente lo mismo que una plantación extensiva de rábanos. Allí estábamos formados en un patio entre bloques de edificios en cuyos bajos residía mi colegio, con las piernas y los brazos más bien tirando a morado y tiritando de frío.

Después de la formación venía el “rompan filas” y el inicio de la sesión  “a ver quien se abre la cabeza hoy”.

Don Jerónimo, con cuidadosa y estudiada periodicidad, alternaba los siguientes instrumentos que alguien llamaba aparatos de gimnasia y que, por otra parte, era el único material deportivo con el que contábamos en el colegio: el potro, el plinton, el caballo y unas sillitas de tijera de madera muy propias para pasar una tarde en el campo, aunque Don Jerónimo le tenía reservado otro fin algo menos lúdico.

Y además teníamos unas cuantas colchonetas. Nunca descubrimos el motivo por el que jamás estaban donde deberían estar, sino unos centímetros más atrás o más adelante, a la derecha o a la izquierda. Muchos años trabajando con Don Jerónimo probablemente les había conferido un carácter semejante.

Estábamos hablando del potro, el plinton, el caballo y las sillas de tijera. Pues bien. 
En fila de a uno y empezando por Roa y su metro veinte hasta un repetidor de cuyo apellido no me acuerdo (en aquella época no teníamos nombre, solo apellido), comenzaba una sesión de salto al grito de “potro exterior”. Don Jerónimo tocaba su silbato, ¡Piiiii!, reluciente sobre su chaqueta verde, verde caqui (faltaría más) y comenzaba una rueda de saltos. 
En general el potro exterior no tenía mayor dificultad. Una pierna por un lado, otro por el otro y listo.

El problema radicaba en que Don Jerónimo, alimentando su leyenda, jamás permitía que todo el grupo saliese airoso de la clase de gimnasia.

Así que pasaba a la segunda fase. “Potro interior” Piiiiiiii. 
¡Zas! Uno, dos, tres, Iglesias ,… los cinco o seis primeros, que habíamos albergado esperanzas de que ese día sí íbamos a ser capaces de acabar sin incidentes la clase, éramos presa de la cólera de don Jerónimo (¡Inútiles! ¡Parecéis niñas! y un largo etcétera)  a las que sumar las siempre mordaces burlas del resto de los compañeros. 

¡Faltaría más!

Y el potro era lo fácil. Ahí estaba esperando el caballo, cuya grupa era lo suficientemente larga como para estrellar el sacro, que por entonces se llamaba simplemente culo, en la dura madera del equino, supuestamente recubierta de gomaespuma, comprimida por décadas de uso y de un cuero curtido, cómo no, a culadas.

Y aún, si quedaba tiempo, siempre podíamos recurrir al plinton, donde Don Jerónimo explicaba con la ayuda del atlético Jurado, nuestro gimnasta por excelencia, cómo saltar estirando los brazos, apoyándolos en la parte superior del plinton y, metiendo la cabeza hacia el pecho, elevar las piernas y dar una voltereta sobre el elemento, saliendo con las piernas estiradas y cayendo con los pies juntos.
Dejo a vuestra imaginación el resultado.

Y ¿Las sillas de tijera? No me he olvidado de ellas, no. Había días en los que Don Jerónimo se mostraba más complaciente y nos permitía disfrutar media hora de clase haciendo volteretas adelante, volteretas hacia atrás, volteretas laterales (jamás en mi vida he dado una, pero en la masa de 45 alumnos no me resultaba difícil pasar desapercibido), el pino apoyado en la pared, el pino al aire (igual de jamás) etc. 

Y la otra mitad …
¡A formar! Cuatro filas, sin rechistar, espalda recta, barbilla alta…. Las sillas colocadas una enfrente de cada fila. Tras ellas una colchoneta. 
Combinación letal. 
Silla y colchoneta.

“El salto del león” Piiiiiiii.

Espero y deseo que la mayoría de los complacientes lectores nunca hayan tenido que sufrir algo semejante a lo que paso a describir: Don Jerónimo y el salto del león. 
Se trataba (¡simplemente?) de correr, tomar impulso y volar por encima de la silla cayendo con los brazos extendidos mientras se daba una voltereta hacia delante.

El caso es que probablemente no sea tan difícil, pero con nueve o diez años tienes derecho a tener terror a algo, a los perros, a las arañas, al hombre del saco, a la mano negra … o al salto del león. Cierto es que yo también le tenía miedo a la mano negra … pero es que mi barrio  de Madrid no era precisamente el barrio de Salamanca (el barrio fino, para que me entiendan los foráneos)… aunque eso es otra historia.

Tengo en mi recuerdo un salto en particular en el que mis brazos y piernas estaban retorcidos en un amasijo de madera y extremidades. ¿La colchoneta? Debió apartarse mientras yo estaba en vuelo.
Sé que rompí la silla y, sin embargo, yo no me rompí nada … óseo, muscular ni tendinoso. 

Desde aquél día empecé a tener más miedo al salto del león (a la clase de gimnasia entera, mejor dicho, en realidad a Don Jerónimo o su proximidad) que a la mano negra.


Con el tiempo descubrí varias cosas. 
La primera, que no era cierta ninguna de las historias sobre Don Jerónimo. 
La segunda, que no es difícil romperse un hueso: yo llevo varios, pero suele pasar de la manera más tonta. 
La tercera que la mano negra no existió nunca. 
La cuarta, que jamás volveré a saltar un potro, un plinton o un caballo ni, por supuesto, haré el salto del león. 
Y la quinta, que ni Don Jerónimo ni nadie ha sido ni será capaz de evitar que siga haciendo deporte … hasta que yo mismo lo decida.

lunes, 7 de noviembre de 2016

LA ÚLTIMA SERIE





Aquella era una de esas mañanas en las que a mitad del calentamiento ya vas pensando que tal vez hubiera sido mejor quedarse en casa. Pero, como otras muchas de aquellas mañanas, ahí estaba, terminado de rodar cansinamente los veinte minutos de rigor.

La recta del Retiro era un sitio perfecto para hacer series. Y mucho más ese día, uno de los típicos del otoño madrileño, con algo del frio que aún estaba por llegar, pero con el sol abriéndose paso entre las cada vez menos pobladas copas de los árboles. Colores marrones, rojizos, amarillentos, verdes y azules.  Algunos paseantes con las manos en los bolsillos del abrigo y trabajadores del parque en las tareas de mantenimiento.

Comencé la larga y tediosa sesión de series. Tenía por delante veinte “cuatrocientos”. Y si algún entrenamiento se me hacía especialmente odioso, era ese. Pero mi entrenador era inflexible. No había manera de cambiarlo por otro.

Las cinco primeras, entre las que mediaba un muy exiguo intervalo de cuarenta segundos, fueron suficientes para comprobar que las sensaciones del calentamiento eran poco con lo que la realidad me tenía reservado: me dolían las piernas, me encontraba tremendamente fatigado y lo peor de todo: mi cabeza no paraba de golpearme “párate” “vete a casa”.

Mientras, en la pradera que se extendía a la derecha del árbol que marcaba la imaginaria línea de meta, un jardinero se afanaba en recoger las hojas de los árboles.

Después de tres minutos de recuperación, comencé el segundo bloque. Ahora, cada vez que terminaba una serie y, tras comprobar que los tiempos estaban muy alejados de lo que deberían ser, mi mirada se dirigía al jardinero. Una serie detrás de otra comprobaba el avance de su trabajo.

Puestos a ocupar la mente en este espanto de entrenamiento, comencé a percibir cómo esa ligera brisa que yo había elegido convenientemente a mi favor, trabajaba en contra de aquél hombre que, con una paciencia que yo no acaba de entender, volvía una y otra vez a amontonar las hojas que se negaban a mantenerse en grupo.

Según avanzaba en mi entrenamiento, el jardinero iba dejando completamente limpia de hojas la pradera. 
Trece, catorce, quince. Descanso. 
Si hasta ese momento la recuperación había sido con un ligero trotecillo, esta vez me fui directamente a sentarme a un banco de los que flanqueaban el camino. Miré el crono. ¡Qué desastre! Hice intención de consultar los tiempos de unas cuantas series más atrás, pero cambié de opinión. 
En su lugar me quedé observando al jardinero. Un tipo enjuto, alto, espigado, moreno, completamente concentrado en su tarea. A esas alturas, tenía tres cuartas partes de la pradera completamente recogida. Ni una hoja se le había quedado atrás. Tres cuartas partes. 

Qué casualidad. Le quedaba un cuarto. Como a mí. 

Me levanté de nuevo, me dirigí trotando a la raya marcada sobre el camino y me lancé a realizar el último bloque de series. 
Dieciséis, diecisiete, dieciocho. 
Engañándome a mí mismo cada vez recuperaba más tiempo y cada resultado, peor. 
Diecinueve. 

Y se acabó.

Me fui al banco. Solo me quedaba un cuatrocientos. Uno solo. La frontera entre la satisfacción de acabar el entrenamiento, por muy mal que fuera resultado y la de marcharme a casa sabiendo que las series me habían vencido. Pero no haría más. 

Un acto de rebeldía, tan infantil como inútil.

Me senté en el banco observando al jardinero. Estaba terminando su trabajo, sin que pareciera que alguna vez él lo fuera a dar por acabado. Con todo recogido estaba volviendo una y otra vez sobre sus pasos para apilar las últimas hojas que el viento, que parecía burlarse de él, había hecho caer sobre el césped.

Por fin, colocó el rastrillo sobre el carro, vino hacia mí y se sentó. En silencio, sin que nada pareciera hacerle reparar que yo estaba ahí rumiando mi frustración se quitó los guantes y se masajeó un poco el cuello, luego la gorra y se atusó el pelo.

Entonces, tras un breve espacio de tiempo, se levantó con parsimonia, se giró y mirando a su pradera dijo: “Termina. Te queda una”. Y se marchó de vuelta hacia su carrito.

Me le quedé mirando. Primero sentado. Luego me puse en pie para ver cómo levantaba de nuevo el rastrillo y comenzaba a atacar la manta de hojas entre los árboles.
 Completamente sorprendido dudé entre mandarle a tomar vientos o preguntarle que qué demonios le importaba a él maldita sea…. 

Pero me quedé callado.

Me fui a la salida y completé la vigésima serie. 
No miré el tiempo. 
No me importaba.


De camino al banco a estirar y terminar la sesión por ese día, me fijé en cuatro o cinco hojas que habían caído de nuevo sobre la pradera. 
Antes de marcharme pasé por allí a recogerlas. 
De reojo busqué al jardinero. 
Estaba mirándome con las manos apoyadas en el mango de su rastrillo. 
Despacio levantó un pulgar hacia arriba y con una amplia sonrisa se dio la vuelta y continuó su trabajo.

jueves, 3 de noviembre de 2016

"100 METROS " Y LA HISTORIA DE KAYLA




Mañana viernes se estrena en España la película “100 metros”. Cuenta la historia de un hombre, participante habitual en competiciones deportivas, como cualquier de nosotros, al que un día se le diagnostica que padece esclerosis múltiple.

 Con ese título y a partir de ahí … mejor verlo en el cine.

 Este es el tráiler de la película. Dura muy poco. A continuación os dejo otro. La historia de Kayla. Una niña también con esclerosis múltiple.

 

Una lección importante para los que nos hundimos por una lesión. Una ayuda para cuando sintáis que la vida puede con vosotros.

viernes, 28 de octubre de 2016

FOTOS MEDIA MARATÓN ÁVILA 2016



Aquí tenéis un enlace con todas las fotos que pude hacer en la MEDIA MARATÓN DE ÁVILA 2016. Me gustaría que al menos os haya podido hacer una foto a todos, aunque sé de alguno como Jime que se me escapó. Entre la velocidad a la que iba y que se me esconde no hubo manera de pillarlos.


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