jueves, 3 de marzo de 2022

… Y AHORA … ¿POR QUÉ SEGUIR CORRIENDO?. CAPÍTULO 6 DE LA SERIE "PENSÉ QUE TE HABÍAS MUERTO"

 


Esta pregunta me la han formulado muchas veces a lo largo de estos últimos años ¿Por qué quieres seguir corriendo?

Hay muchas respuestas posibles. Cada uno de nosotros puede tener sus motivos. Y además cambian con el tiempo. Un buen día, las marcas y los puestos en la clasificación desaparecen para dejar paso a otras razones menos “medibles”. Así que me he sentado delante de una hoja en blanco a escribir qué me mueve a querer seguir. Tal vez pueda pareceros…hasta cursi, no sé, pero ahí van:

Levantarme a las seis y media de la mañana en una ciudad desconocida y recorrer sus calles a la luz de las farolas escuchando cómo amanece.

Ver salir el sol en el mar y la puesta entre montañas.

Pisar charcos los días de lluvia.

Escuchar el ruido de mis pisadas en un parque tapizado de hojas movidas por el viento.

Criar mariposas en la tripa unos cuantos días antes de una carrera.

Esperar el disparo de salida.

Ver mis huellas sobre la nieve.

Sentir los latidos de mi corazón golpeando en el final de una cuesta.

Pararme, buscar un palo, hacer un canalillo y ver cómo sale toda el agua de un charco.

Subir por una ladera con la vista clavada en el suelo a zancadas más cortas que pasos para llegar arriba, levantar la mirada y encontrar la inmensidad.

Chocar la mano extendida de un niño en mitad de una carrera.

Estas son 11 razones. Pero si no os gustan, me pasa lo que al gran Groucho: tengo más. En realidad, tengo muchísimas más. Todas ellas son las que me hacen seguir corriendo, deprisa, despacio, mucho o poco. El siguiente paso, el minuto próximo, en el espacio y en el tiempo, lo que está por venir puede ser una razón más. 

No solo una más ... tal vez la mejor.

sábado, 19 de febrero de 2022

TENDINITIS DEL TENDÓN DE AQUILES. ASÍ SALÍ DE LA LESIÓN. CAPÍTULO 5 DE LA SERIE "PENSÉ QUE TE HABÍAS MUERTO"

 


523 DÍAS ATRÁS.

Tendinitis, tendinopatia, tendinosis, paratenonitis, bursitis…  podía llamarse de cualquier manera, me daba igual el nombre y los apellidos de un diagnóstico más que confirmado. Lo único cierto era que había noches que el dolor me despertaba y al levantarme y poner el pie en el suelo, comenzaba un día más, acompañado de la misma flecha que acabó con Aquiles clavada en mi tendón.

Probé todo lo que encontré por el camino. Tres años buscando una solución para mi tendón y también a un atrapamiento del nervio ciático en la parte posterior de la cabeza del peroné, dolor que se sumaba al primero en la misma pierna para completar un panorama desolador.

Intenté todo… o casi, porque escondida en la memoria quedaba una consulta a la clínica Avanfi en 2016 en la que el Dr. Manuel Villanueva ya me había hablado de una solución quirúrgica para el atrapamiento del nervio ciático. Entonces, solo oír hablar de volver a un quirófano me bloqueaba.

El día 13 de marzo de 2020, justo antes de iniciar el confinamiento por Covid, estaba en los Picos de Europa bajando por una de las canales que sale al Cares. Después de un par de días de camino recorriendo las montañas y ya en el empinado descenso de regreso a Caín, cada pisada era como un garrotazo en el tendón de Aquiles y cada flexión de la rodilla una aguja clavándose en mi pierna. En cuanto llegué al coche, resolví todas las dudas: al día siguiente llamaría a Avanfi para pedir cita.

El confinamiento demoró el encuentro hasta mayo. En la primera visita con los doctores Villanueva e Iborra volví a encontrar lo que ya hace años descubrí cuando me trataron mis problemas con la fascitis plantar: comprensión, cercanía, un diagnóstico claro y completo de la situación y una fundada esperanza de que podría volver a correr. Eso sí, pasando por el quirófano. Ellos estaban seguros de que serían capaces de resolver mis problemas. Tampoco me prometieron milagros, los kilómetros acumulados en mi cuerpo no desaparecerían con un bisturí. Pero me bastaba su seguridad. Me bastaba tener una esperanza. Después de haber sido desahuciado en más de una ocasión, encontrar alguien que afrontaba el reto de intentar repararme era alentador. Esta vez estaba decidido. Ya no es que no pudiera correr, es que prácticamente no podía caminar sin sentir un profundo dolor, tanto en el tendón como en la parte alta del peroné. Tendinopatía y atrapamiento. No podía seguir más tiempo así. Y si me tenía que operar alguien, serían ellos.

14 de septiembre de 2020.

Hay varias personas a mi alrededor. El Dr. Villanueva, el Dr. Iborra, la anestesista que no para de preguntarme cosas, comprobando el efecto de los fármacos. Todos se mueven con rapidez y seguridad. Me tranquiliza saber que ellos están conmigo. Alimento la esperanza de que, cuando me despierte, no solo los dolores sino también toda la frustración y la impotencia, quedarán atrás. De pronto todo se apaga y cuando regreso del profundo sueño tengo mi pierna izquierda completamente vendada.

El informe del alta es un parte de guerra: siete procedimientos terapéuticos, desde la cintilla iliotibial hasta el calcáneo pasando por un montón de cosas entre medias. Entre ellas, las más importantes: la descompresión microquirúrgica del nervio y la reparación del tendón de Aquiles. Ya me avisó el Dr. Villanueva “ya que te tengo dormido … “

Queda por delante un largo proceso de rehabilitación que comienzo tres semanas después. Elíptica, estiramientos, fortalecimiento y sesiones de fisioterapia con Mariano Neurosport. Trabajo, trabajo y trabajo para poder volver a correr. No va a ser ni fácil ni un proceso corto. Al contrario, pero, hay algo que puedo comprobar en seguida al caminar: no me duele el tendón de Aquiles y mi ciático ha quedado libre. Tengo otros problemas, es cierto, me duelen otras cosas, sí. Pero los dolores que me llevaron al límite se quedaron en aquel quirófano. Me he librado de ellos y lo siento como quien aleja de sí una maldición. Quedarán meses por delante hasta que vuelva a correr, pero no dejaré de intentarlo.

El día 11 de noviembre de 2021 volví a los Picos de Europa, 407 días después de la operación. Desde lo alto de una de esas canales que hacen tan especial estas montañas, caminé reencontrándome con las piedras, las cumbres y el paisaje, dando gracias a cada paso de poder hacerlo, al Dr. Villanueva, al Dr Iborra, a María y todo el equipo de Avanfi. También a Mariano, de la clínica Neurosport, que no dudó en trabajar en coordinación con ellos para resolver, sesión a sesión, los procedimientos de rehabilitación y mis prisas, más complicadas de tratar estas segundas, sin duda.

No está siendo la recuperación un camino de rosas, pero corro. Poco y despacio, pero he vuelto a correr y he regresado a la montaña y, lo que es más importante, como siempre he hecho, seguiré intentandolo día a día.


sábado, 5 de febrero de 2022

Y VOSOTROS… ¿DONDE ESTABAIS EN LOS MALOS TIEMPOS? CAPÍTULO 4 DE LA SERIE “PENSÉ QUE TE HABÍAS MUERTO”

 


Donde estabais, donde estabais en los malos tiempos … cantaba La Unión.

En más de una ocasión he leído que uno conoce verdaderamente quienes son sus amigos cuando está lesionado. Yo no opino lo mismo. Yo más bien considero que uno sabe quiénes son sus amigos estés lesionado, sano, alegre, triste, entero o en trozos.

El atletismo, las carreras, el pertenecer a un equipo, el coincidir en los entrenamientos, … todo eso nos hace compañeros de viaje. Elegimos una actividad y coincidimos a lo largo de una parte de nuestras vidas y, como en cualquier otra, hacemos amigos para siempre, como cantaban Los Manolos, o simplemente, compañeros, que no es poco, pero no es lo mismo. Cuando uno se lesiona, deja de participar, de coincidir, …deja de estar y, por tanto, esos compañeros siguen su trayectoria, de la que uno se aparta, por obligación, porque no puede continuar. Y el resto sigue, porque la vida sigue. Que se detenga bruscamente para quien se ha lesionado no cambia nada para todos los demás.

-          Coño Ángel, pensé que te habías muerto.

Así me saludó, una mañana que nos cruzamos, uno de esos compañeros de carreras, con los que me encontraba frecuentemente y comentábamos carreras, entrenamientos, rutas y dolores.

-          Pues… no. No me he muerto. Aquí sigo.

Le contesté un tanto sorprendido, despreocupado, incluso hasta divertido por lo inesperado del saludo. Luego, pensándolo más detenidamente me di cuenta que, en cierto modo, había desaparecido del todo del mundo de las carreras … y, con una cierta aprensión, también concluí que, de alguna manera y para esa actividad… tal vez…. no le faltaba razón.

Donde estabais entonces cuando tanto os necesité, cantaba Manolo García.

Tampoco voy a ocultaros la verdad de mis pensamientos. Claro que os eché de menos. Cuando me cruzaba con algún corredor, los primeros meses nos parábamos y compartíamos alguna información en ese código particular entre corredores: qué tal la última carrera, qué tal tu lesión, qué estas preparando, que te vaya bien, ya me contarás y tú que te recuperes.

Tiempo después bastaban unas pocas palabras, esta vez ya poco relacionadas con el mundo de las carreras. Y después, un simple saludo. Incluso, alguna vez, ni eso.

Así que, sí: yo desaparecí y vosotros también para mí, así, en general, sin excepciones. Lo confieso con abierta sinceridad. No quería saber nada de carreras, nada de atletismo y … nada de vosotros. Luego, igual que vino ese furor un tanto irracional, se pasó por completo. Como una tormenta de verano que descarga con toda violencia y al poco desaparece para dejarle al sol todo el horizonte. El que había abandonado ese viaje compartido a lo largo de tantos años, era yo. Vosotros seguíais vuestro trayecto. Era yo el que se quedaba atrás. ¿Qué culpa teníais vosotros en ello? Ninguna. Entonces, pasé del rencor a la indiferencia y de ésta, a la esperanza de recuperaros. 

Entre medias y por el camino hubo unas pocas personas que nunca se olvidaron de mí. Me llamaban y me preguntaban por mi lesión. Me mantuvieron en su recuerdo, entendiendo que aquél contacto podía significar una ayuda, un alivio, un empujón para mí. Si leen esto, saben que me estoy refiriendo a ellos. No se olvidaron de mí a lo largo de estos cuatro años. Eso es tanto tiempo como el agradecimiento que les debo. Me ayudaron, me aliviaron y me empujaron a seguir.

¿Y ahora qué? Pues ahora que he salido unos cuantos días a correr y, como no podía ser de otra forma, me he vuelto a cruzar con algunos de vosotros y ahí estáis de nuevo, como hace cuatro años, porque nunca os habéis ido. Y de nuevo me veis y, tal vez un poco sorprendidos (¡Caracoles! ¿no se había muerto?) os paráis, me preguntáis, cruzamos las primeras palabras de carreras, de entrenamientos, de dolores … mientras advierto una sincera alegría en vuestras palabras.

Así que …sí. Estoy resucitando.


sábado, 29 de enero de 2022

EN CALZONCILLOS FRENTE AL ILUSTRE DOCTOR. CAPÍTULO 3 DE LA SERIE "PENSÉ QUE TE HABÍAS MUERTO"

 


12 DE MARZO DE 2018. 1430 DÍAS ATRÁS.

Luca Modric y Felipe Reyes, entre otros muy célebres deportistas, me sonreían desde las paredes de la consulta. Sentado en una silla, en calzoncillos y calcetines, solo me faltaba ponerme una pajarita para parecer un concursante de Factor X. Una estrategia sin duda muy bien desarrollada para hacerte sentir un títere ignorante y desprotegido entre tanta bata, tanto título colgado de las paredes y tantas fotos con las más sinceras muestras de agradecimiento de un sinfín de ilustres del deporte.

Veinte minutos de preguntas y exploración por parte de un … ¿ayudante? ¿médico residente? Veinte minutos en los que me dio tiempo a contarle todo. Mi historial, el mapa exacto, con todo lujo de detalles, de los dolores de mi cuerpo, mis impresiones, mis temores, mis dudas … todo.

Hasta que llegó el médico oficial. El traumatólogo. El ilustre traumatólogo. Me saludó, se sentó sobre la mesa y escuchó a su ayudante la exposición pormenorizada de los datos: varón, 55 años, corredor, menisectomía exterior completa, refiere dolor en compartimento externo de la rodilla y tendón de Aquiles de ambas piernas…. O algo así. Y ya. Veinte minutos resumidos en veinte palabras. ¡Eso es capacidad de síntesis! A este le dan El Quijote y te lo resume en un tweet.

El ilustre tomó asiento, abrió la carpeta con las pruebas que tres semanas antes me había encargado, miró arriba y abajo, golpe de ratón por aquí, golpe de ratón por allá mientras el interior de mi rodilla aparecía en la pantalla de ordenador más grande que he visto nunca.

¿Y dónde dice que le duele?

Me duele aquí, aquí, aquí y aquí. – dije señalando con precisión los puntos donde mi pierna me torturaba a cada paso, desde la cabeza del peroné hasta el talón...

Bueno …. Mire… usted tiene la rodilla muy mal. Pero muy mal… muy mal. No me extraña que le duela. – Dijo el médico con un gesto de gravedad y condescendencia.

Perdone doctor, pero es que a mí no me duele la rodilla. De hecho, me duele todo menos la rodilla. - Repuse.

Ya, ya, pero es que tiene la rodilla muy mal. No tiene cartílago, tiene una condromalacia de espanto y así no se puede correr. – insistió. De hecho, usted hace mucho que debió dejar de correr… a menos que quiera tener una prótesis de rodilla a la vuelta de … ya.

Bueno, doctor, tendré la rodilla todo lo mal que usted, las pruebas radiológicas o San Lucas Evangelista, santo patrón de la medicina, quieran, pero es que a mí no me duele la rodilla. Me duele aquí, aquí, aquí y aquí…pero no es la rodilla lo que me impide correr – volvía a replicar tratando de reconducir lo que comenzaba a vislumbrarse un callejón sin salida.

Ya, ya, pero es que esto es … como si usted pretendiera correr con un coche que no tiene ruedas y se queja porque no le funciona el intermitente. – me espetó el ilustre con la complacencia del ayudante, que asentía dándome a entender que las cosa estaba tan clara que resultaba indigno por mi parte dudar de quien dictaba semejante ejemplo de sabiduría.

Miré a Luca Modric y a Felipe Reyes buscando inspiración, pero seguían sonrientes colgados de la pared abrazados a este tipo que me estaba dando clases de mecánica del automóvil. Me pareció incluso verlos asentir condescendientes.

Vale. ¿Y qué soluciones tenemos? - pregunté tratando de buscar algo donde agarrarme antes de que la situación se me fuera de las manos.

El ilustre volvió a sentarse sobre la mesa y mirándome de arriba abajo –yo sentado en calzoncillos en la silla, tratando de mantener la dignidad- me dijo:

Bueno … hay dos posibilidades- Una es operarle para ponerle un menisco sintético. Claro que, si fuera así, tendría que dejar de correr definitivamente. La otra es … romperle el fémur y alinearle la pierna. Lo más probable es que también tuviera que dejar de correr.

Se hizo el silencio. Me estaban dando tiempo para que sopesara el alcance de aquellas dos alternativas, a cada cual más audaz, más esperanzadora…

Me le quedé mirando los pocos segundos que me dio para digerir la información. Algo así como tragarte un hipopótamo en modo gragea.

Doctor – pregunté- ¿Cuál es el diagnóstico de mis dolencias?

Tienes la rodilla destrozada. - Contestó sin un ápice de vacilación o duda.

A mí no me duele la rodilla, doctor - dije mientras recuperaba mis pantalones y me los calzaba de la mejor manera posible. No me duele NADA la rodilla. Me duele TODO menos la rodilla.

Me despedí de Luca Modric y de Felipe Reyes y, recuperada y abotonada la vestimenta, también del ilustre y su ayudante, con toda educación, para proceder en el pasillo exterior a pasar revista al índice completo de insultos del diccionario popular español en la versión de mi barrio de nacimiento, modalidad mímica. Tampoco hay que perder las formas.

Un impresionante elenco de figuras de nuestro deporte me hizo el pasillo. Una cosa estaba clara: yo no estaría colgado en esas paredes compartiendo agradecimientos con ellos.

domingo, 23 de enero de 2022

EL PRIVILEGIO DE SOLO ESTAR LESIONADO. CAPÍTULO 2 DE LA SERIE "PENSÉ QUE TE HABÍAS MUERTO"

 


15 de septiembre de 2017. 1580 DÍAS ATRÁS...

Un pozo, un túnel, un desierto, el océano, la noche,… podía caer en los tópicos habituales de las lesiones y revolcarme en el barro como un jabalí o podía hacer un análisis un poco más detallado de la situación para evaluar daños y perdidas como un bróker de la city londinense sentado en un pub acompañado de una pinta de cerveza fresquita.

Entre jabalí o broker, opté por lo segundo. Sin cerveza, eso sí. Con una limonada.

Situación: me duelen unas cuantas porciones de mi cuerpo, no pocas. Ninguna de ellas vitales, el dolor no es absolutamente incapacitante, no revisten gravedad y no me impiden hacer otras cosas, entre las que, por suerte, se encuentran las que los médicos complacientes llaman… “una vida normal”.

Una mirada a mi alrededor ajusta mis piezas a las del conjunto: dos compañeras con cáncer luchando por superarlo, un amigo con una severa patología cardiaca, todas aquellas personas a las que miraba con pudor mientras yo corría y ellos se manejan en una silla de ruedas, aquellas otras que pasean tan solas como tristes. Abro más el angular y entran en pantalla otras muchas personas que conocí en algunos de los países más desfavorecidos que pude visitar. Me duela lo que me duela, soy un privilegiado.

Pregunta clave: ¿Tengo algún derecho a quejarme de algo?

Sorbito de limonada. Lo justo para meditar una respuesta: Objetivamente, ninguno.

Así pues, mi conciencia, tan insidiosa como implacable, pero siempre atenta en los momentos importantes, dicta cuatro órdenes claras, contundentes, sin posibilidad de réplica, como un general al mando en el momento crucial de una batalla: 

No volverás a correr en tanto no venzas los dolores.

Buscarás la manera de superarlos.

Seguirás entrenando. Una cosa es no correr y otra muy diferente tirarse a la bartola.

¿Entendido? Pues ale, …. andando y a cumplir. ¡Rompan filas! No quiero escuchar una sola queja.

Mi General, falta una.

Anda, tira “p´adelante” y calla.

Pues ale. Rompo filas. Y ahora ¿qué?

Lo primero está cumplido. Lo segundo es cuestión de ponerlo en marcha. Otra vez iniciar una gira de médicos y fisios a ver quién da con la tecla, aunque en este caso no es una sola la que suena desafinada, es el teclado entero y probablemente alguna parte más del piano, ¡yo qué sé!, las patas o la tapa.

No quejarse, es solo cuestión de proponérselo.

Y seguir entrenando, sin poder correr…, queda hacer gimnasia, montar en bici, ir a la montaña … tal vez sea posible

Y ya. Hasta aquí. Lo demás es quejarse. Contraviene las órdenes.


sábado, 15 de enero de 2022

LA VIDA ES LO QUE PASA MIENTRAS ESTÁS OCUPADO HACIENDO OTROS PLANES. CAPÍTULO 1 DE LA SERIE “PENSÉ QUE TE HABÍAS MUERTO”

 


31 de agosto de 2017. 1595 DÍAS ATRÁS...

He salido a correr un rato. La tarde es apacible. Ya no aprieta el calor y, a pesar del aspecto seco de los campos y el polvo del camino, resulta agradable disfrutar de una carrerilla.

Disfrutar.

Hace tiempo que no me alcanza el cuerpo para tanto. Veinte minutos de ida y regreso. Ese es el plan. Termino la ida. Comienza la vuelta. Entro de nuevo entre las fincas cerradas, ya próximo a la ciudad. Desde que he salido me duele el tendón de Aquiles, la rodilla y la espalda. Y de pronto… también la otra rodilla. Me quiero parar. Dudo. Sigo.

Parar.

El último paso. Cojo aire. Giro sobre mí mismo. Busco algo. Ni fuera ni dentro de mí. Llevo días así y es momento de decidir. Miro al cielo. No está escrita la respuesta. Miro al suelo. Tampoco. Seguir o parar. Seguir o parar. Seguir o parar.

Decidir.

De pie. Quieto. Los brazos en jarras. La cabeza gacha. Los ojos cerrados. Nadie va a responder a la pregunta que sale de tu cabeza y golpea con fuerza en tu pecho. Nadie que no sea yo mismo va a responder a una pregunta que solo tiene una respuesta y que yo mismo conozco desde hace semanas, tal vez meses.

Respuesta.

Camino hasta casa. La piedra gorda que queda a mi izquierda marca el último paso. Lo grabo como un recuerdo por si acaso alguna vez tengo que unir físicamente el pasado con el futuro. ¿Hace falta hacer eso? ¿Volver al sitio donde terminas para volver a empezar? Ya veremos.  De momento la decisión está tomada. Tan firme como dura: no volveré a correr con dolor.

Decisión.

No volveré a correr con dolor. Significa seguir decidiendo. ¿Qué hago ahora? Nueva pregunta. ¿Quiero volver a correr? Y con esta, otras que surgen derivadas. Un cesto de cerezas. Tiras de una y sacas dos. ¿Si? Y entonces, ¿Cómo hago para quitarme todos estos dolores? ¿Dónde busco una solución? Empezara buscar una solución….  Y si no ¿Qué? ¿Dejar de entrenar? ¿Dejar de correr? ¿Después de cuarenta años? ¿Cómo será vivir sin correr, sin carreras en la cabeza, sin entrenamientos diarios? Empezar a buscar otra solución…

Vivir.

John Lennon suena en los auriculares. Beautiful boy.

Life is what happens to you while you´re busy making other plans.

La vida es lo que pasa mientras estas ocupado haciendo otros planes.

Planes.

Tenía unos planes y ahora tengo que hacer otros. Y mientras la vida continúa.

Every day in every way it´s getting better and better.

Gracias, John. Me mata tu optimismo.


domingo, 2 de enero de 2022

SAN SILVESTRE VALLECANA 2021. VOLVEMOS. CAPÍTULO 7 (Y ÚLTIMO) DE LA SERIE “PENSÉ QUE TE HABÍAS MUERTO”

 


Esto es empezar una historia por el final. Una historia de cuatro años. Una larga historia llena de momentos inolvidables. Unos muy duros y otros muy gratos. Y entre medias, más de 1400 días de muchas cosas. El resumen, en siete capítulos, del tiempo que media entre el día que dejé de correr y el que volví a estar en una línea de salida. Un relato en el que se mezclan reflexiones, decisiones, entrenamientos, médicos, obsesiones, alegrías, decepciones, dolores, recaídas, voluntad, soledad, y en el que también aparecéis vosotros, mis compañeros de carreras.

Empecemos pues por el final. Y el final era estar en la salida de la San Silvestre Vallecana. No en la Internacional, mi carrera favorita sin duda alguna y que se desdibuja en el pasado en forma de recuerdos y queda inalcanzable en el futuro, pero sí en la popular.

Cuando se abrieron las inscripciones y vi el eslogan con la que se promocionaba este año, me lo apropié como un guiño de la organización, no solo a todos los corredores que podríamos volver a las calles después de frustrada edición de 2020 a causa de la pandemia, sino especialmente a mí. “Volvemos”. Sí. Pensé. Volvéis todos los que no os habéis ido y también vuelvo yo, ausente tras cuatro años de las carreras. Y me inscribí. Era el 8 de noviembre.

“Volvemos”. 53 días para la carrera. Tiempo suficiente para mejorar un poco el estado de forma después de haber comenzado a correr en el mes de marzo y haber tropezado varias veces en dolores de todo tipo en casi todas las partes de ambas piernas. Unos pocos días de rodajes a cambio de sobrecargas en cualquier lugar desconocido de mi anatomía, que no paraba de quejarse de volver a las andadas (a las carreras). Así, pude correr hasta una hora (¡Una hora!), llegando a casa con los pulmones debajo del brazo y un trotecillo de apenas 30 centímetros de zancada. Pero corriendo. ¡corriendo! No se trataba de hacer record del mundo. Se trataba únicamente de calzarme unas zapatillas y salir a correr. De ¡volver a correr!

Dos semanas. Ese fue el tiempo que aguanté a razón de salir días alternos. Un fortísimo dolor en el pie me obligó a parar. Volví a los libros de anatomía a buscar qué misteriosos secretos se esconden en esa parte del cuerpo y a tratar de descubrir que podía haber pasado.

Haría falta ayuda. Al fisio. A Mariano. Y Mariano sacó el ecógrafo y las agujas y con la precisión de un relojero fue cambiándome los dolores por juramentos y las sobrecargas por esperanza.

El día 5 de diciembre salí a probar. Y volví cojeando.

El día 11 volví a intentarlo. Agua.

Y cada vez quedaba menos. Mariano seguía pinchando aquí y allá. Y atizándome descargas de corrientes que podían alumbrar una ciudad entera. Cada día que pasaba se me apagaba la esperanza de correr. Hasta el día 26 que volví a probar.  

Veinte minutos. Apenas quedaba un rastro de dolor. Correría la San Silvestre. Pasara lo que pasara, estaría en la salida. Cuánto me pudiera doler el pie en la meta era algo secundario.

“Volvemos” era el eslogan de la carrera y el mío personal.

Y salí. Solo puedo deciros que una buena parte de la carrera la hice con la piel de “gallina” de la emoción de estar allí. Pasaban los kilómetros y yo seguía pisando las calles de Madrid rodeado de gente. En muchos lugares llevé a mi padre en el recuerdo, acompañándome. En otros revivía algunas de las ediciones de la Internacional en las que tuve la inmensa suerte de poder participar. Y en la meta, un torrente de emociones que se volvieron líquidas y rodaron hasta quedar atrapadas en esa mascarilla símbolo de los tiempos que corren.

“Volvemos”. Qué acierto de eslogan.

 Hemos vuelto.


sábado, 9 de octubre de 2021

LA FOTO DEL RETIRO


 22 DE NOVIEMBRE DE 1980.

Gonzalo vio al fotógrafo desde unas decenas de metros antes. Más que verlo lo adivinó entre la espesa niebla que aquella mañana, envolvía el Parque de El Retiro madrileño.

Tener las clases de la Universidad por la tarde, había trastocado toda la organización de su tiempo, sus hábitos y sus compañías. Tenía que entrenar solo y, además, si quería aprovechar la mañana, tenía que hacerlo temprano. En caso contrario se quedaría en la cama hasta que su conciencia le reprochase su vagancia y le obligase a espabilar para enfrentarse al soporífero Maham de Química o al no más ameno Lang de Cálculo infinitesimal, cuyas extensas explicaciones se ocultaban como jeroglíficos indescifrables.

Tirarse de la cama y salir a correr. Si no entrenaba estaría de mal humor todo el día.

Así que aquella mañana se fue a rodar al Retiro como hacía últimamente. El Parque Calero se  quedaba demasiado pequeño, obligándole a dar más vueltas de las razonables como para no sufrir la tentación de abandonar una o dos antes de lo previsto.

Hacía frio. Esas mañanas gélidas de Madrid en las que la humedad cala los huesos. Una camiseta de manga corta y una fina sudadera no era ropa suficiente para abrigar. No había cogido guantes ni gorro y le dolían las manos y las orejas. Esas eran las consecuencias de ser friolero. Y despistado. Así que Gonzalo aumentó el ritmo para tratar de entrar en  calor.

Cuando llegó al Retiro se encontró el Parque sumido en la bruma. Abandonar las calles con el movimiento de las personas y el ruido de los coches para adentrarse en los caminos solitarios y silenciosos era como cambiar de mundo. A esa hora apenas había algún paseante, obligado por la necesidad de sacar al perro antes de la jornada laboral y algunos jardineros recortando los setos que delimitaban los paseos interiores.

La niebla amortiguaba el poco ruido que traspasaba la arboleda y proporcionaba un ambiente casi irreal.

Al salir al paseo lateral del estanque aumentó la luz. Los árboles se apartaban para dejar espacio a aquella lámina de agua sobre la que flotaban algunas barcas recogidas en una esquina. En el extremo opuesto un complejo grupo escultórico se elevaba entre las columnas sobre una gran escalinata.

Un paisaje solo para el disfrute Gonzalo. Ralentizó el ritmo y se dejó atrapar por las sensaciones. Él era la nota discordante entre tanta quietud. Se sentía el dueño del parque. Construido solo para que su disfrute en aquel momento único. Vacío, para que nada alterase la quietud.

Silencio. Soledad.

Entonces vio al fotógrafo. La cámara sobre un trípode enfocando el estanque con toda la columnata de fondo. La niebla difuminando los contornos. Un tono grisáceo sobre el que destacaba el color rojo de las barcas.

Gonzalo escuchó el disparo justo antes de girarse hacia la cámara. El fotógrafo le había esperado para captar su imagen en movimiento en aquel lugar. Ese momento quedó recogido en su memoria a la vez y de la misma manera que en el rollo de película de la cámara. Imaginó la foto con su figura recortada sobre la barandilla del estanque con el fondo casi borrado por la niebla de aquel conjunto. No le hacía falta verla. No le hizo falta verla nunca. Fue suficiente la imaginación y el recuerdo.

17 DE JULIO DE 2018. 

Gonzalo se encontraba de viaje por motivos de trabajo en Nueva York. Nunca perdonaba una carrera matinal por el Central Park. Se sentía como Dustin Hoffman en Marathon man, …salvando todas las distancias, que no todas eran a favor del actor.

Aquella tarde su compañero Sam, también corredor, le prometió que le llevaría a beber cerveza a un típico y famoso pub, cuyo dueño había recorrido el mundo participando en todo tipo de carreras. Fotógrafo de profesión, la exposición que decoraba las paredes del local constituía una colección histórica para todos los amantes del atletismo, que frecuentaban el lugar como uno de los templos sagrados del running neoyorquino.

Aún no había mucha gente así que Gonzalo y Sam pudieron disfrutar con una pinta en la mano recorriendo las imágenes colgadas de las paredes y comentando las hazañas de muchos de los atletas que allí compartían aquél “Hall of Fame”. Fotos de la salida del maratón de Nueva York, de sus legendarios ganadores, de corredores anónimos, de muchos lugares emblemáticos de carreras por toda la geografía mundial: algunos tan conocidos como París, Londres, Roma o Tokio, otras fotos más personales en las que una pequeña tarjeta de cartón indicaba su localización.

Entonces la vio. Casi se le cayó el vaso de la mano.

Allí estaba colgada aquella foto que desde hace casi cuarenta años llevaba guardada en su memoria: la foto del Retiro. La foto de aquella fría mañana de niebla. Tal cual la había imaginado: el encuadre, el color, la textura.

Aquel corredor era él.

Dio un largo trago a su cerveza solo para deshacer el nudo que se le estaba formando en la garganta y amenazaba con desatar sus emociones. Cuarenta años después, Gonzalo seguía corriendo, pero ¿Cuánto de aquel muchacho que aparecía en la foto quedaba en la persona que la estaba contemplando? ¿Cuántos de sus sueños, de sus esperanzas, de sus proyectos, se habían cumplido? Encontrarse con aquella imagen de sí mismo, aquella foto que había guardado en su memoria tanto años después, le hizo retroceder al momento exacto del disparo y recordar ese día, ese lugar, ese instante como si estuviera pasando de nuevo. Y desde ahí, recorrer vertiginosamente su vida hasta el presente.

Aquella foto, aquel trozo de papel, era exacto a la imagen que él dibujó en su cabeza tantos años atrás.

Por un instante sopesó decírselo a Sam. También contarle su historia al dueño del local, a aquel fotógrafo con quien coincidió una mañana cualquiera, en un lugar concreto del mundo, en un breve intervalo de tiempo, hace tantos años, para compartir una imagen, que ahora, décadas después veía impresa.

-Sam, te invito a otra pinta y …. Recuérdame que un día te cuente la historia de una foto.


domingo, 1 de agosto de 2021

ADIÓS PAPÁ. (EN RECUERDO DE MI PADRE)

 

Mi padre falleció hace ahora justo un año.

Al poco tiempo escribí unas líneas. Este blog, Correr como los ángeles, recibe su nombre de los "ángeles" de la familia y, de alguna manera, después de escribir aquí tantas cosas sobre él, necesitaba que aquellas también quedaran recogidas en esta "cibermemoria". Pero pasaban los días y no lo hacía. Y no han sido pocas las veces que lo he intentado.

Y me sigue costando. Pero quiero desempolvar este blog y volver a escribir sobre carreras, deporte y otras rarezas. Ahora, un año después, las dejo como homenaje y recuerdo a mi padre, de quien siempre recibí apoyo, consejo y aliento sin agradecérselo en su justa medida, como casi siempre hacemos los hijos.

ADIÓS, PAPÁ.

“Lo correcto es decir que las carreras se celebran porque correr es una fiesta”.

Así se expresaba mi padre en una entrevista que le hicieron hace unos años para un diario digital.
Y así lo vivió durante su vida de corredor.

“Esto yo no me lo pierdo”.

Recién concluida la primera edición del maratón de Madrid, en 1978, mi padre decidió que estaría en la siguiente. No tardó mucho en ponerse a entrenar, una vez liberado parcialmente de las enormes obligaciones que le había supuesto sacar a su familia adelante: había estudiado una carrera universitaria con nosotros tres por medio (dando mucha guerra), había estado pluriempleado durante años y ahora, por fin, podía permitirse dedicarse un tiempo para él. Y sería corriendo.

Y así empezó.

Su vida de corredor se puede seguir pormenorizadamente a través de sus inseparables agendas anuales, donde anotaba con cuidadosa regularidad todos y cada uno de sus entrenamientos y sus competiciones, contabilizando los kilómetros recorridos.

En sus últimos años, aquellas agendas eran el apoyo que le ayudaba a comprobar los datos que se iban borrando de su memoria cuando cualquiera de nosotros, sus hijos, sus nietos o sus amigos nos acercábamos por casa a ver qué tal andaban mi madre y él. Sesenta y un años juntos, construyendo.

Mi padre disfrutó de una vida larga y activa. Nunca podré agradecer lo suficiente a todos sus amigos del Retiro que, aun cuando ya apenas corría unos pocos pasos, siguieran llamándole para citarle a los desayunos del Corretiro, su equipo, a un paso del parque donde recorrió miles y miles de kilómetros.

Una de las cuestas del circuito de cinco kilómetros de ese oasis madrileño, fue, en su día y por sus compañeros de entrenamiento, bautizada – y rotulada debidamente- como "Cuesta de Ángel", por el eterno y cabezón empeño de mi padre en cambiar de ritmo desde su inicio hasta el final.

Tampoco quiero olvidar a los chicos del equipo de Rugby de Veterinaria que los últimos años le animaron a participar en la San Silvestre Vallecana acompañándole y protegiéndole en la carrera como un pack de forwards, permitiéndole disfrutar durante la primera mitad de cada año de tan magnífico recuerdo y soñando la otra mitad con la siguiente edición.

Mi padre, además de ser mi padre, era otro amigo y compañero más de carreras. Compartimos muchas competiciones juntos y unos cuantos maratones por el extranjero. Hablábamos con frecuencia de nuestros entrenamientos, de las competiciones, de nuestros camaradas de afición. Tras cada carrera, la primera llamada que recibía era la suya, para preguntarme qué tal me había ido. Entonces charlábamos un rato del frío que había hecho, de las marcas, de las cuestas, de los recuerdos que me habían dado Carlos, Enrique, Félix, Sergio o Miguel para él y siempre, siempre, siempre, concluía con un clásico: “cuando tengas mi edad ya verás cómo no puedes correr tan deprisa”, que siempre, siempre, siempre, nos llevaba a una eterna discusión nunca acabada.

La vida de mi padre fue una larga carrera y creo que, a pesar de sus duros comienzos, la celebró. No lo tuvo fácil, pero fue superando obstáculos gracias a una de sus más admiradas virtudes: la tenacidad. Mi padre no se rendía. Acompañado durante toda su vida por mi madre, fue tejiendo con esfuerzo una sólida red en la que criarnos y educarnos y durante mucho tiempo pudo disfrutar de nuestros pequeños éxitos y ayudarnos en nuestros momentos más difíciles.

Sus últimos días en el hospital fueron difíciles. Verle inmóvil después de recordarle tantos años corriendo en el polideportivo de La Concepción, en el Retiro, en los pinos de Béjar o en las carreras que compartíamos, fue duro. Verle luchar sin rendirse, apurando el último resquicio de sus pulmones para prolongar una zancada más la vida…

Y también es difícil escribir sobre ello. Podría contar tantas cosas… pero todavía se me hace un nudo en estómago, mi cabeza no acierta con las palabras ni los dedos con las teclas.

Tampoco hace falta. Muchos de vosotros le conocisteis y compartisteis con él esos pequeños momentos que, al final, son los recuerdos más duraderos. 


miércoles, 2 de junio de 2021

EL DÍA QUE UN PORTERO PREBENJAMIN DE LA SECCIÓN DE HOCKEY PATINES UNIÓN MAÇANETENCA LES DIO UNA LECCIÓN DE FAIR PLAY A LAS ESTRELLAS DEL DEPORTE

 


Supongo que esto que os voy a contar pasa con frecuencia en muchos deportes todos los fines de semana. Tampoco es tan extraño. Afortunadamente no es tan extraño. Probablemente va dejando de ser normal conforme los equipos de chicos o chicas se van haciendo más mayores hasta convertirse en una excepción en el deporte profesional.

Ya sabemos: los resultados mandan.

Se disputaba el partido entre los equipos prebenjamines del Lloret de Mar y la S. H. U. M. de Maçanet de la Selva, en la cancha del primero. Hacía tiempo que no veía jugar a niños y niñas tan pequeños al hockey (el tiempo pasa y los hijos se hacen mayores) y lo cierto es que me estaba resultando de lo más entretenido el ver cómo patinan y juegan unos críos tan pequeños.

El encuentro estaba más o menos igualado hasta que un fortuito rebote hizo que la bola golpeara en la cara de uno de los chicos del Lloret dejándole con un buen chichón y sin poder volver a la cancha el resto del partido.  El equipo, en cuadro por no tener sustitutos disponibles, se aprestaba a jugar todo lo que quedaba en inferioridad numérica. Y eso en el hockey es un problema. Cuatro contra tres es toda una diferencia.

Aún así el Lloret no perdió los papeles y se dispuso a capear el temporal con una buena defensa y tratar de alcanzar la portería contraria con contrataques rápidos o tiros lejanos. El equipo de la S.H.U.M. muy sólido en todo el campo, dominaba el marcador, y también el partido.

En esto se produjo una jugada de ataque del Lloret que acabó con un disparo a puerta. Los lloretenses reclamaron gol. Una parte del público también. Pero el árbitro, tal vez tapado por el propio portero, no apreció que la bola hubiera traspasado la línea, de manera que no concedió el tanto.

Los chicos, unos y otros, siguieron jugando, patinando, moviendo la bola y lanzando a portería. Pero algo rondaba en la cabeza del portero de la S.H.U.M. Algo le mantenía intranquilo porque no habían pasado dos minutos y había llamado a uno de sus jugadores con el que cruzó unas breves palabras. El juego continuaba.

Hasta que el pequeño portero se irguió, levantó el guante para detener el partido y patinó hasta el encuentro del árbitro. Entonces le explicó el motivo de su inquietud: él creía haber visto claramente la bola traspasar la línea de gol y, por tanto, entendía que éste debía haber subido al marcador.

El árbitro le explicó que al no haberlo visto él, no podía darlo por válido, pero le agradeció su gesto, él y los espectadores que estábamos viendo el partido, tanto de un equipo como de otro.

Tal vez os pueda parecer una bobada o una trivialidad. Tal vez me estoy volviendo muy ñoño. He comenzado diciendo que estoy seguro que gestos así ocurren con frecuencia en cualquier campo de cualquier deporte, pero a mí me resultó tan gratificante que, semanas después, todavía lo recuerdo y noto una agradable sensación… algo así como de comprobar que todavía hay muchas cosas que son como tienen que ser.

Con tanta tontería como vemos cada semana en el deporte profesional, con tanta estrella (estrellita) retratándose en cada partido con gestos y acciones de lo más antideportivo, a mí me resulta suficiente saber que en el deporte base todavía existe el sentido del honor, la caballerosidad y el juego limpio por encima del ganar a cualquier precio.

Ojalá este portero y todos los que son como él crezcan y hagan grande el deporte defendiendo estos valores.

Seguro que él nunca llegará a saber que aquel gesto suyo quedó recogido en un marginal blog de los millones que fluyen en la red. Espero que nunca le haga falta que se lo aplaudan para que vuelva a repetirlo.

Nota. Ganó el equipo del Maçanet, pero eso,… ¿a quién le importa?