sábado, 5 de febrero de 2022

Y VOSOTROS… ¿DONDE ESTABAIS EN LOS MALOS TIEMPOS? CAPÍTULO 4 DE LA SERIE “PENSÉ QUE TE HABÍAS MUERTO”

 


Donde estabais, donde estabais en los malos tiempos … cantaba La Unión.

En más de una ocasión he leído que uno conoce verdaderamente quienes son sus amigos cuando está lesionado. Yo no opino lo mismo. Yo más bien considero que uno sabe quiénes son sus amigos estés lesionado, sano, alegre, triste, entero o en trozos.

El atletismo, las carreras, el pertenecer a un equipo, el coincidir en los entrenamientos, … todo eso nos hace compañeros de viaje. Elegimos una actividad y coincidimos a lo largo de una parte de nuestras vidas y, como en cualquier otra, hacemos amigos para siempre, como cantaban Los Manolos, o simplemente, compañeros, que no es poco, pero no es lo mismo. Cuando uno se lesiona, deja de participar, de coincidir, …deja de estar y, por tanto, esos compañeros siguen su trayectoria, de la que uno se aparta, por obligación, porque no puede continuar. Y el resto sigue, porque la vida sigue. Que se detenga bruscamente para quien se ha lesionado no cambia nada para todos los demás.

-          Coño Ángel, pensé que te habías muerto.

Así me saludó, una mañana que nos cruzamos, uno de esos compañeros de carreras, con los que me encontraba frecuentemente y comentábamos carreras, entrenamientos, rutas y dolores.

-          Pues… no. No me he muerto. Aquí sigo.

Le contesté un tanto sorprendido, despreocupado, incluso hasta divertido por lo inesperado del saludo. Luego, pensándolo más detenidamente me di cuenta que, en cierto modo, había desaparecido del todo del mundo de las carreras … y, con una cierta aprensión, también concluí que, de alguna manera y para esa actividad… tal vez…. no le faltaba razón.

Donde estabais entonces cuando tanto os necesité, cantaba Manolo García.

Tampoco voy a ocultaros la verdad de mis pensamientos. Claro que os eché de menos. Cuando me cruzaba con algún corredor, los primeros meses nos parábamos y compartíamos alguna información en ese código particular entre corredores: qué tal la última carrera, qué tal tu lesión, qué estas preparando, que te vaya bien, ya me contarás y tú que te recuperes.

Tiempo después bastaban unas pocas palabras, esta vez ya poco relacionadas con el mundo de las carreras. Y después, un simple saludo. Incluso, alguna vez, ni eso.

Así que, sí: yo desaparecí y vosotros también para mí, así, en general, sin excepciones. Lo confieso con abierta sinceridad. No quería saber nada de carreras, nada de atletismo y … nada de vosotros. Luego, igual que vino ese furor un tanto irracional, se pasó por completo. Como una tormenta de verano que descarga con toda violencia y al poco desaparece para dejarle al sol todo el horizonte. El que había abandonado ese viaje compartido a lo largo de tantos años, era yo. Vosotros seguíais vuestro trayecto. Era yo el que se quedaba atrás. ¿Qué culpa teníais vosotros en ello? Ninguna. Entonces, pasé del rencor a la indiferencia y de ésta, a la esperanza de recuperaros. 

Entre medias y por el camino hubo unas pocas personas que nunca se olvidaron de mí. Me llamaban y me preguntaban por mi lesión. Me mantuvieron en su recuerdo, entendiendo que aquél contacto podía significar una ayuda, un alivio, un empujón para mí. Si leen esto, saben que me estoy refiriendo a ellos. No se olvidaron de mí a lo largo de estos cuatro años. Eso es tanto tiempo como el agradecimiento que les debo. Me ayudaron, me aliviaron y me empujaron a seguir.

¿Y ahora qué? Pues ahora que he salido unos cuantos días a correr y, como no podía ser de otra forma, me he vuelto a cruzar con algunos de vosotros y ahí estáis de nuevo, como hace cuatro años, porque nunca os habéis ido. Y de nuevo me veis y, tal vez un poco sorprendidos (¡Caracoles! ¿no se había muerto?) os paráis, me preguntáis, cruzamos las primeras palabras de carreras, de entrenamientos, de dolores … mientras advierto una sincera alegría en vuestras palabras.

Así que …sí. Estoy resucitando.


sábado, 29 de enero de 2022

EN CALZONCILLOS FRENTE AL ILUSTRE DOCTOR. CAPÍTULO 3 DE LA SERIE "PENSÉ QUE TE HABÍAS MUERTO"

 


12 DE MARZO DE 2018. 1430 DÍAS ATRÁS.

Luca Modric y Felipe Reyes, entre otros muy célebres deportistas, me sonreían desde las paredes de la consulta. Sentado en una silla, en calzoncillos y calcetines, solo me faltaba ponerme una pajarita para parecer un concursante de Factor X. Una estrategia sin duda muy bien desarrollada para hacerte sentir un títere ignorante y desprotegido entre tanta bata, tanto título colgado de las paredes y tantas fotos con las más sinceras muestras de agradecimiento de un sinfín de ilustres del deporte.

Veinte minutos de preguntas y exploración por parte de un … ¿ayudante? ¿médico residente? Veinte minutos en los que me dio tiempo a contarle todo. Mi historial, el mapa exacto, con todo lujo de detalles, de los dolores de mi cuerpo, mis impresiones, mis temores, mis dudas … todo.

Hasta que llegó el médico oficial. El traumatólogo. El ilustre traumatólogo. Me saludó, se sentó sobre la mesa y escuchó a su ayudante la exposición pormenorizada de los datos: varón, 55 años, corredor, menisectomía exterior completa, refiere dolor en compartimento externo de la rodilla y tendón de Aquiles de ambas piernas…. O algo así. Y ya. Veinte minutos resumidos en veinte palabras. ¡Eso es capacidad de síntesis! A este le dan El Quijote y te lo resume en un tweet.

El ilustre tomó asiento, abrió la carpeta con las pruebas que tres semanas antes me había encargado, miró arriba y abajo, golpe de ratón por aquí, golpe de ratón por allá mientras el interior de mi rodilla aparecía en la pantalla de ordenador más grande que he visto nunca.

¿Y dónde dice que le duele?

Me duele aquí, aquí, aquí y aquí. – dije señalando con precisión los puntos donde mi pierna me torturaba a cada paso, desde la cabeza del peroné hasta el talón...

Bueno …. Mire… usted tiene la rodilla muy mal. Pero muy mal… muy mal. No me extraña que le duela. – Dijo el médico con un gesto de gravedad y condescendencia.

Perdone doctor, pero es que a mí no me duele la rodilla. De hecho, me duele todo menos la rodilla. - Repuse.

Ya, ya, pero es que tiene la rodilla muy mal. No tiene cartílago, tiene una condromalacia de espanto y así no se puede correr. – insistió. De hecho, usted hace mucho que debió dejar de correr… a menos que quiera tener una prótesis de rodilla a la vuelta de … ya.

Bueno, doctor, tendré la rodilla todo lo mal que usted, las pruebas radiológicas o San Lucas Evangelista, santo patrón de la medicina, quieran, pero es que a mí no me duele la rodilla. Me duele aquí, aquí, aquí y aquí…pero no es la rodilla lo que me impide correr – volvía a replicar tratando de reconducir lo que comenzaba a vislumbrarse un callejón sin salida.

Ya, ya, pero es que esto es … como si usted pretendiera correr con un coche que no tiene ruedas y se queja porque no le funciona el intermitente. – me espetó el ilustre con la complacencia del ayudante, que asentía dándome a entender que las cosa estaba tan clara que resultaba indigno por mi parte dudar de quien dictaba semejante ejemplo de sabiduría.

Miré a Luca Modric y a Felipe Reyes buscando inspiración, pero seguían sonrientes colgados de la pared abrazados a este tipo que me estaba dando clases de mecánica del automóvil. Me pareció incluso verlos asentir condescendientes.

Vale. ¿Y qué soluciones tenemos? - pregunté tratando de buscar algo donde agarrarme antes de que la situación se me fuera de las manos.

El ilustre volvió a sentarse sobre la mesa y mirándome de arriba abajo –yo sentado en calzoncillos en la silla, tratando de mantener la dignidad- me dijo:

Bueno … hay dos posibilidades- Una es operarle para ponerle un menisco sintético. Claro que, si fuera así, tendría que dejar de correr definitivamente. La otra es … romperle el fémur y alinearle la pierna. Lo más probable es que también tuviera que dejar de correr.

Se hizo el silencio. Me estaban dando tiempo para que sopesara el alcance de aquellas dos alternativas, a cada cual más audaz, más esperanzadora…

Me le quedé mirando los pocos segundos que me dio para digerir la información. Algo así como tragarte un hipopótamo en modo gragea.

Doctor – pregunté- ¿Cuál es el diagnóstico de mis dolencias?

Tienes la rodilla destrozada. - Contestó sin un ápice de vacilación o duda.

A mí no me duele la rodilla, doctor - dije mientras recuperaba mis pantalones y me los calzaba de la mejor manera posible. No me duele NADA la rodilla. Me duele TODO menos la rodilla.

Me despedí de Luca Modric y de Felipe Reyes y, recuperada y abotonada la vestimenta, también del ilustre y su ayudante, con toda educación, para proceder en el pasillo exterior a pasar revista al índice completo de insultos del diccionario popular español en la versión de mi barrio de nacimiento, modalidad mímica. Tampoco hay que perder las formas.

Un impresionante elenco de figuras de nuestro deporte me hizo el pasillo. Una cosa estaba clara: yo no estaría colgado en esas paredes compartiendo agradecimientos con ellos.

domingo, 23 de enero de 2022

EL PRIVILEGIO DE SOLO ESTAR LESIONADO. CAPÍTULO 2 DE LA SERIE "PENSÉ QUE TE HABÍAS MUERTO"

 


15 de septiembre de 2017. 1580 DÍAS ATRÁS...

Un pozo, un túnel, un desierto, el océano, la noche,… podía caer en los tópicos habituales de las lesiones y revolcarme en el barro como un jabalí o podía hacer un análisis un poco más detallado de la situación para evaluar daños y perdidas como un bróker de la city londinense sentado en un pub acompañado de una pinta de cerveza fresquita.

Entre jabalí o broker, opté por lo segundo. Sin cerveza, eso sí. Con una limonada.

Situación: me duelen unas cuantas porciones de mi cuerpo, no pocas. Ninguna de ellas vitales, el dolor no es absolutamente incapacitante, no revisten gravedad y no me impiden hacer otras cosas, entre las que, por suerte, se encuentran las que los médicos complacientes llaman… “una vida normal”.

Una mirada a mi alrededor ajusta mis piezas a las del conjunto: dos compañeras con cáncer luchando por superarlo, un amigo con una severa patología cardiaca, todas aquellas personas a las que miraba con pudor mientras yo corría y ellos se manejan en una silla de ruedas, aquellas otras que pasean tan solas como tristes. Abro más el angular y entran en pantalla otras muchas personas que conocí en algunos de los países más desfavorecidos que pude visitar. Me duela lo que me duela, soy un privilegiado.

Pregunta clave: ¿Tengo algún derecho a quejarme de algo?

Sorbito de limonada. Lo justo para meditar una respuesta: Objetivamente, ninguno.

Así pues, mi conciencia, tan insidiosa como implacable, pero siempre atenta en los momentos importantes, dicta cuatro órdenes claras, contundentes, sin posibilidad de réplica, como un general al mando en el momento crucial de una batalla: 

No volverás a correr en tanto no venzas los dolores.

Buscarás la manera de superarlos.

Seguirás entrenando. Una cosa es no correr y otra muy diferente tirarse a la bartola.

¿Entendido? Pues ale, …. andando y a cumplir. ¡Rompan filas! No quiero escuchar una sola queja.

Mi General, falta una.

Anda, tira “p´adelante” y calla.

Pues ale. Rompo filas. Y ahora ¿qué?

Lo primero está cumplido. Lo segundo es cuestión de ponerlo en marcha. Otra vez iniciar una gira de médicos y fisios a ver quién da con la tecla, aunque en este caso no es una sola la que suena desafinada, es el teclado entero y probablemente alguna parte más del piano, ¡yo qué sé!, las patas o la tapa.

No quejarse, es solo cuestión de proponérselo.

Y seguir entrenando, sin poder correr…, queda hacer gimnasia, montar en bici, ir a la montaña … tal vez sea posible

Y ya. Hasta aquí. Lo demás es quejarse. Contraviene las órdenes.


sábado, 15 de enero de 2022

LA VIDA ES LO QUE PASA MIENTRAS ESTÁS OCUPADO HACIENDO OTROS PLANES. CAPÍTULO 1 DE LA SERIE “PENSÉ QUE TE HABÍAS MUERTO”

 


31 de agosto de 2017. 1595 DÍAS ATRÁS...

He salido a correr un rato. La tarde es apacible. Ya no aprieta el calor y, a pesar del aspecto seco de los campos y el polvo del camino, resulta agradable disfrutar de una carrerilla.

Disfrutar.

Hace tiempo que no me alcanza el cuerpo para tanto. Veinte minutos de ida y regreso. Ese es el plan. Termino la ida. Comienza la vuelta. Entro de nuevo entre las fincas cerradas, ya próximo a la ciudad. Desde que he salido me duele el tendón de Aquiles, la rodilla y la espalda. Y de pronto… también la otra rodilla. Me quiero parar. Dudo. Sigo.

Parar.

El último paso. Cojo aire. Giro sobre mí mismo. Busco algo. Ni fuera ni dentro de mí. Llevo días así y es momento de decidir. Miro al cielo. No está escrita la respuesta. Miro al suelo. Tampoco. Seguir o parar. Seguir o parar. Seguir o parar.

Decidir.

De pie. Quieto. Los brazos en jarras. La cabeza gacha. Los ojos cerrados. Nadie va a responder a la pregunta que sale de tu cabeza y golpea con fuerza en tu pecho. Nadie que no sea yo mismo va a responder a una pregunta que solo tiene una respuesta y que yo mismo conozco desde hace semanas, tal vez meses.

Respuesta.

Camino hasta casa. La piedra gorda que queda a mi izquierda marca el último paso. Lo grabo como un recuerdo por si acaso alguna vez tengo que unir físicamente el pasado con el futuro. ¿Hace falta hacer eso? ¿Volver al sitio donde terminas para volver a empezar? Ya veremos.  De momento la decisión está tomada. Tan firme como dura: no volveré a correr con dolor.

Decisión.

No volveré a correr con dolor. Significa seguir decidiendo. ¿Qué hago ahora? Nueva pregunta. ¿Quiero volver a correr? Y con esta, otras que surgen derivadas. Un cesto de cerezas. Tiras de una y sacas dos. ¿Si? Y entonces, ¿Cómo hago para quitarme todos estos dolores? ¿Dónde busco una solución? Empezara buscar una solución….  Y si no ¿Qué? ¿Dejar de entrenar? ¿Dejar de correr? ¿Después de cuarenta años? ¿Cómo será vivir sin correr, sin carreras en la cabeza, sin entrenamientos diarios? Empezar a buscar otra solución…

Vivir.

John Lennon suena en los auriculares. Beautiful boy.

Life is what happens to you while you´re busy making other plans.

La vida es lo que pasa mientras estas ocupado haciendo otros planes.

Planes.

Tenía unos planes y ahora tengo que hacer otros. Y mientras la vida continúa.

Every day in every way it´s getting better and better.

Gracias, John. Me mata tu optimismo.


domingo, 2 de enero de 2022

SAN SILVESTRE VALLECANA 2021. VOLVEMOS. CAPÍTULO 7 (Y ÚLTIMO) DE LA SERIE “PENSÉ QUE TE HABÍAS MUERTO”

 


Esto es empezar una historia por el final. Una historia de cuatro años. Una larga historia llena de momentos inolvidables. Unos muy duros y otros muy gratos. Y entre medias, más de 1400 días de muchas cosas. El resumen, en siete capítulos, del tiempo que media entre el día que dejé de correr y el que volví a estar en una línea de salida. Un relato en el que se mezclan reflexiones, decisiones, entrenamientos, médicos, obsesiones, alegrías, decepciones, dolores, recaídas, voluntad, soledad, y en el que también aparecéis vosotros, mis compañeros de carreras.

Empecemos pues por el final. Y el final era estar en la salida de la San Silvestre Vallecana. No en la Internacional, mi carrera favorita sin duda alguna y que se desdibuja en el pasado en forma de recuerdos y queda inalcanzable en el futuro, pero sí en la popular.

Cuando se abrieron las inscripciones y vi el eslogan con la que se promocionaba este año, me lo apropié como un guiño de la organización, no solo a todos los corredores que podríamos volver a las calles después de frustrada edición de 2020 a causa de la pandemia, sino especialmente a mí. “Volvemos”. Sí. Pensé. Volvéis todos los que no os habéis ido y también vuelvo yo, ausente tras cuatro años de las carreras. Y me inscribí. Era el 8 de noviembre.

“Volvemos”. 53 días para la carrera. Tiempo suficiente para mejorar un poco el estado de forma después de haber comenzado a correr en el mes de marzo y haber tropezado varias veces en dolores de todo tipo en casi todas las partes de ambas piernas. Unos pocos días de rodajes a cambio de sobrecargas en cualquier lugar desconocido de mi anatomía, que no paraba de quejarse de volver a las andadas (a las carreras). Así, pude correr hasta una hora (¡Una hora!), llegando a casa con los pulmones debajo del brazo y un trotecillo de apenas 30 centímetros de zancada. Pero corriendo. ¡corriendo! No se trataba de hacer record del mundo. Se trataba únicamente de calzarme unas zapatillas y salir a correr. De ¡volver a correr!

Dos semanas. Ese fue el tiempo que aguanté a razón de salir días alternos. Un fortísimo dolor en el pie me obligó a parar. Volví a los libros de anatomía a buscar qué misteriosos secretos se esconden en esa parte del cuerpo y a tratar de descubrir que podía haber pasado.

Haría falta ayuda. Al fisio. A Mariano. Y Mariano sacó el ecógrafo y las agujas y con la precisión de un relojero fue cambiándome los dolores por juramentos y las sobrecargas por esperanza.

El día 5 de diciembre salí a probar. Y volví cojeando.

El día 11 volví a intentarlo. Agua.

Y cada vez quedaba menos. Mariano seguía pinchando aquí y allá. Y atizándome descargas de corrientes que podían alumbrar una ciudad entera. Cada día que pasaba se me apagaba la esperanza de correr. Hasta el día 26 que volví a probar.  

Veinte minutos. Apenas quedaba un rastro de dolor. Correría la San Silvestre. Pasara lo que pasara, estaría en la salida. Cuánto me pudiera doler el pie en la meta era algo secundario.

“Volvemos” era el eslogan de la carrera y el mío personal.

Y salí. Solo puedo deciros que una buena parte de la carrera la hice con la piel de “gallina” de la emoción de estar allí. Pasaban los kilómetros y yo seguía pisando las calles de Madrid rodeado de gente. En muchos lugares llevé a mi padre en el recuerdo, acompañándome. En otros revivía algunas de las ediciones de la Internacional en las que tuve la inmensa suerte de poder participar. Y en la meta, un torrente de emociones que se volvieron líquidas y rodaron hasta quedar atrapadas en esa mascarilla símbolo de los tiempos que corren.

“Volvemos”. Qué acierto de eslogan.

 Hemos vuelto.


sábado, 9 de octubre de 2021

LA FOTO DEL RETIRO


 22 DE NOVIEMBRE DE 1980.

Gonzalo vio al fotógrafo desde unas decenas de metros antes. Más que verlo lo adivinó entre la espesa niebla que aquella mañana, envolvía el Parque de El Retiro madrileño.

Tener las clases de la Universidad por la tarde, había trastocado toda la organización de su tiempo, sus hábitos y sus compañías. Tenía que entrenar solo y, además, si quería aprovechar la mañana, tenía que hacerlo temprano. En caso contrario se quedaría en la cama hasta que su conciencia le reprochase su vagancia y le obligase a espabilar para enfrentarse al soporífero Maham de Química o al no más ameno Lang de Cálculo infinitesimal, cuyas extensas explicaciones se ocultaban como jeroglíficos indescifrables.

Tirarse de la cama y salir a correr. Si no entrenaba estaría de mal humor todo el día.

Así que aquella mañana se fue a rodar al Retiro como hacía últimamente. El Parque Calero se  quedaba demasiado pequeño, obligándole a dar más vueltas de las razonables como para no sufrir la tentación de abandonar una o dos antes de lo previsto.

Hacía frio. Esas mañanas gélidas de Madrid en las que la humedad cala los huesos. Una camiseta de manga corta y una fina sudadera no era ropa suficiente para abrigar. No había cogido guantes ni gorro y le dolían las manos y las orejas. Esas eran las consecuencias de ser friolero. Y despistado. Así que Gonzalo aumentó el ritmo para tratar de entrar en  calor.

Cuando llegó al Retiro se encontró el Parque sumido en la bruma. Abandonar las calles con el movimiento de las personas y el ruido de los coches para adentrarse en los caminos solitarios y silenciosos era como cambiar de mundo. A esa hora apenas había algún paseante, obligado por la necesidad de sacar al perro antes de la jornada laboral y algunos jardineros recortando los setos que delimitaban los paseos interiores.

La niebla amortiguaba el poco ruido que traspasaba la arboleda y proporcionaba un ambiente casi irreal.

Al salir al paseo lateral del estanque aumentó la luz. Los árboles se apartaban para dejar espacio a aquella lámina de agua sobre la que flotaban algunas barcas recogidas en una esquina. En el extremo opuesto un complejo grupo escultórico se elevaba entre las columnas sobre una gran escalinata.

Un paisaje solo para el disfrute Gonzalo. Ralentizó el ritmo y se dejó atrapar por las sensaciones. Él era la nota discordante entre tanta quietud. Se sentía el dueño del parque. Construido solo para que su disfrute en aquel momento único. Vacío, para que nada alterase la quietud.

Silencio. Soledad.

Entonces vio al fotógrafo. La cámara sobre un trípode enfocando el estanque con toda la columnata de fondo. La niebla difuminando los contornos. Un tono grisáceo sobre el que destacaba el color rojo de las barcas.

Gonzalo escuchó el disparo justo antes de girarse hacia la cámara. El fotógrafo le había esperado para captar su imagen en movimiento en aquel lugar. Ese momento quedó recogido en su memoria a la vez y de la misma manera que en el rollo de película de la cámara. Imaginó la foto con su figura recortada sobre la barandilla del estanque con el fondo casi borrado por la niebla de aquel conjunto. No le hacía falta verla. No le hizo falta verla nunca. Fue suficiente la imaginación y el recuerdo.

17 DE JULIO DE 2018. 

Gonzalo se encontraba de viaje por motivos de trabajo en Nueva York. Nunca perdonaba una carrera matinal por el Central Park. Se sentía como Dustin Hoffman en Marathon man, …salvando todas las distancias, que no todas eran a favor del actor.

Aquella tarde su compañero Sam, también corredor, le prometió que le llevaría a beber cerveza a un típico y famoso pub, cuyo dueño había recorrido el mundo participando en todo tipo de carreras. Fotógrafo de profesión, la exposición que decoraba las paredes del local constituía una colección histórica para todos los amantes del atletismo, que frecuentaban el lugar como uno de los templos sagrados del running neoyorquino.

Aún no había mucha gente así que Gonzalo y Sam pudieron disfrutar con una pinta en la mano recorriendo las imágenes colgadas de las paredes y comentando las hazañas de muchos de los atletas que allí compartían aquél “Hall of Fame”. Fotos de la salida del maratón de Nueva York, de sus legendarios ganadores, de corredores anónimos, de muchos lugares emblemáticos de carreras por toda la geografía mundial: algunos tan conocidos como París, Londres, Roma o Tokio, otras fotos más personales en las que una pequeña tarjeta de cartón indicaba su localización.

Entonces la vio. Casi se le cayó el vaso de la mano.

Allí estaba colgada aquella foto que desde hace casi cuarenta años llevaba guardada en su memoria: la foto del Retiro. La foto de aquella fría mañana de niebla. Tal cual la había imaginado: el encuadre, el color, la textura.

Aquel corredor era él.

Dio un largo trago a su cerveza solo para deshacer el nudo que se le estaba formando en la garganta y amenazaba con desatar sus emociones. Cuarenta años después, Gonzalo seguía corriendo, pero ¿Cuánto de aquel muchacho que aparecía en la foto quedaba en la persona que la estaba contemplando? ¿Cuántos de sus sueños, de sus esperanzas, de sus proyectos, se habían cumplido? Encontrarse con aquella imagen de sí mismo, aquella foto que había guardado en su memoria tanto años después, le hizo retroceder al momento exacto del disparo y recordar ese día, ese lugar, ese instante como si estuviera pasando de nuevo. Y desde ahí, recorrer vertiginosamente su vida hasta el presente.

Aquella foto, aquel trozo de papel, era exacto a la imagen que él dibujó en su cabeza tantos años atrás.

Por un instante sopesó decírselo a Sam. También contarle su historia al dueño del local, a aquel fotógrafo con quien coincidió una mañana cualquiera, en un lugar concreto del mundo, en un breve intervalo de tiempo, hace tantos años, para compartir una imagen, que ahora, décadas después veía impresa.

-Sam, te invito a otra pinta y …. Recuérdame que un día te cuente la historia de una foto.


domingo, 1 de agosto de 2021

ADIÓS PAPÁ. (EN RECUERDO DE MI PADRE)

 

Mi padre falleció hace ahora justo un año.

Al poco tiempo escribí unas líneas. Este blog, Correr como los ángeles, recibe su nombre de los "ángeles" de la familia y, de alguna manera, después de escribir aquí tantas cosas sobre él, necesitaba que aquellas también quedaran recogidas en esta "cibermemoria". Pero pasaban los días y no lo hacía. Y no han sido pocas las veces que lo he intentado.

Y me sigue costando. Pero quiero desempolvar este blog y volver a escribir sobre carreras, deporte y otras rarezas. Ahora, un año después, las dejo como homenaje y recuerdo a mi padre, de quien siempre recibí apoyo, consejo y aliento sin agradecérselo en su justa medida, como casi siempre hacemos los hijos.

ADIÓS, PAPÁ.

“Lo correcto es decir que las carreras se celebran porque correr es una fiesta”.

Así se expresaba mi padre en una entrevista que le hicieron hace unos años para un diario digital.
Y así lo vivió durante su vida de corredor.

“Esto yo no me lo pierdo”.

Recién concluida la primera edición del maratón de Madrid, en 1978, mi padre decidió que estaría en la siguiente. No tardó mucho en ponerse a entrenar, una vez liberado parcialmente de las enormes obligaciones que le había supuesto sacar a su familia adelante: había estudiado una carrera universitaria con nosotros tres por medio (dando mucha guerra), había estado pluriempleado durante años y ahora, por fin, podía permitirse dedicarse un tiempo para él. Y sería corriendo.

Y así empezó.

Su vida de corredor se puede seguir pormenorizadamente a través de sus inseparables agendas anuales, donde anotaba con cuidadosa regularidad todos y cada uno de sus entrenamientos y sus competiciones, contabilizando los kilómetros recorridos.

En sus últimos años, aquellas agendas eran el apoyo que le ayudaba a comprobar los datos que se iban borrando de su memoria cuando cualquiera de nosotros, sus hijos, sus nietos o sus amigos nos acercábamos por casa a ver qué tal andaban mi madre y él. Sesenta y un años juntos, construyendo.

Mi padre disfrutó de una vida larga y activa. Nunca podré agradecer lo suficiente a todos sus amigos del Retiro que, aun cuando ya apenas corría unos pocos pasos, siguieran llamándole para citarle a los desayunos del Corretiro, su equipo, a un paso del parque donde recorrió miles y miles de kilómetros.

Una de las cuestas del circuito de cinco kilómetros de ese oasis madrileño, fue, en su día y por sus compañeros de entrenamiento, bautizada – y rotulada debidamente- como "Cuesta de Ángel", por el eterno y cabezón empeño de mi padre en cambiar de ritmo desde su inicio hasta el final.

Tampoco quiero olvidar a los chicos del equipo de Rugby de Veterinaria que los últimos años le animaron a participar en la San Silvestre Vallecana acompañándole y protegiéndole en la carrera como un pack de forwards, permitiéndole disfrutar durante la primera mitad de cada año de tan magnífico recuerdo y soñando la otra mitad con la siguiente edición.

Mi padre, además de ser mi padre, era otro amigo y compañero más de carreras. Compartimos muchas competiciones juntos y unos cuantos maratones por el extranjero. Hablábamos con frecuencia de nuestros entrenamientos, de las competiciones, de nuestros camaradas de afición. Tras cada carrera, la primera llamada que recibía era la suya, para preguntarme qué tal me había ido. Entonces charlábamos un rato del frío que había hecho, de las marcas, de las cuestas, de los recuerdos que me habían dado Carlos, Enrique, Félix, Sergio o Miguel para él y siempre, siempre, siempre, concluía con un clásico: “cuando tengas mi edad ya verás cómo no puedes correr tan deprisa”, que siempre, siempre, siempre, nos llevaba a una eterna discusión nunca acabada.

La vida de mi padre fue una larga carrera y creo que, a pesar de sus duros comienzos, la celebró. No lo tuvo fácil, pero fue superando obstáculos gracias a una de sus más admiradas virtudes: la tenacidad. Mi padre no se rendía. Acompañado durante toda su vida por mi madre, fue tejiendo con esfuerzo una sólida red en la que criarnos y educarnos y durante mucho tiempo pudo disfrutar de nuestros pequeños éxitos y ayudarnos en nuestros momentos más difíciles.

Sus últimos días en el hospital fueron difíciles. Verle inmóvil después de recordarle tantos años corriendo en el polideportivo de La Concepción, en el Retiro, en los pinos de Béjar o en las carreras que compartíamos, fue duro. Verle luchar sin rendirse, apurando el último resquicio de sus pulmones para prolongar una zancada más la vida…

Y también es difícil escribir sobre ello. Podría contar tantas cosas… pero todavía se me hace un nudo en estómago, mi cabeza no acierta con las palabras ni los dedos con las teclas.

Tampoco hace falta. Muchos de vosotros le conocisteis y compartisteis con él esos pequeños momentos que, al final, son los recuerdos más duraderos. 


miércoles, 2 de junio de 2021

EL DÍA QUE UN PORTERO PREBENJAMIN DE LA SECCIÓN DE HOCKEY PATINES UNIÓN MAÇANETENCA LES DIO UNA LECCIÓN DE FAIR PLAY A LAS ESTRELLAS DEL DEPORTE

 


Supongo que esto que os voy a contar pasa con frecuencia en muchos deportes todos los fines de semana. Tampoco es tan extraño. Afortunadamente no es tan extraño. Probablemente va dejando de ser normal conforme los equipos de chicos o chicas se van haciendo más mayores hasta convertirse en una excepción en el deporte profesional.

Ya sabemos: los resultados mandan.

Se disputaba el partido entre los equipos prebenjamines del Lloret de Mar y la S. H. U. M. de Maçanet de la Selva, en la cancha del primero. Hacía tiempo que no veía jugar a niños y niñas tan pequeños al hockey (el tiempo pasa y los hijos se hacen mayores) y lo cierto es que me estaba resultando de lo más entretenido el ver cómo patinan y juegan unos críos tan pequeños.

El encuentro estaba más o menos igualado hasta que un fortuito rebote hizo que la bola golpeara en la cara de uno de los chicos del Lloret dejándole con un buen chichón y sin poder volver a la cancha el resto del partido.  El equipo, en cuadro por no tener sustitutos disponibles, se aprestaba a jugar todo lo que quedaba en inferioridad numérica. Y eso en el hockey es un problema. Cuatro contra tres es toda una diferencia.

Aún así el Lloret no perdió los papeles y se dispuso a capear el temporal con una buena defensa y tratar de alcanzar la portería contraria con contrataques rápidos o tiros lejanos. El equipo de la S.H.U.M. muy sólido en todo el campo, dominaba el marcador, y también el partido.

En esto se produjo una jugada de ataque del Lloret que acabó con un disparo a puerta. Los lloretenses reclamaron gol. Una parte del público también. Pero el árbitro, tal vez tapado por el propio portero, no apreció que la bola hubiera traspasado la línea, de manera que no concedió el tanto.

Los chicos, unos y otros, siguieron jugando, patinando, moviendo la bola y lanzando a portería. Pero algo rondaba en la cabeza del portero de la S.H.U.M. Algo le mantenía intranquilo porque no habían pasado dos minutos y había llamado a uno de sus jugadores con el que cruzó unas breves palabras. El juego continuaba.

Hasta que el pequeño portero se irguió, levantó el guante para detener el partido y patinó hasta el encuentro del árbitro. Entonces le explicó el motivo de su inquietud: él creía haber visto claramente la bola traspasar la línea de gol y, por tanto, entendía que éste debía haber subido al marcador.

El árbitro le explicó que al no haberlo visto él, no podía darlo por válido, pero le agradeció su gesto, él y los espectadores que estábamos viendo el partido, tanto de un equipo como de otro.

Tal vez os pueda parecer una bobada o una trivialidad. Tal vez me estoy volviendo muy ñoño. He comenzado diciendo que estoy seguro que gestos así ocurren con frecuencia en cualquier campo de cualquier deporte, pero a mí me resultó tan gratificante que, semanas después, todavía lo recuerdo y noto una agradable sensación… algo así como de comprobar que todavía hay muchas cosas que son como tienen que ser.

Con tanta tontería como vemos cada semana en el deporte profesional, con tanta estrella (estrellita) retratándose en cada partido con gestos y acciones de lo más antideportivo, a mí me resulta suficiente saber que en el deporte base todavía existe el sentido del honor, la caballerosidad y el juego limpio por encima del ganar a cualquier precio.

Ojalá este portero y todos los que son como él crezcan y hagan grande el deporte defendiendo estos valores.

Seguro que él nunca llegará a saber que aquel gesto suyo quedó recogido en un marginal blog de los millones que fluyen en la red. Espero que nunca le haga falta que se lo aplaudan para que vuelva a repetirlo.

Nota. Ganó el equipo del Maçanet, pero eso,… ¿a quién le importa?


domingo, 19 de mayo de 2019

TENGO QUE CONFESAROS QUE NUNCA HE CORRIDO UN MARATÓN



“Tengo que confesaros que nunca he corrido un maratón”. 
O algo así.

Desde que le dijeron que en la cena del club de ese año le rendirían un merecidísimo homenaje por sus primeros 50 maratones, había estado dando vueltas a su discurso. Nadie en el club había alcanzado esa cifra y, aunque varios “discípulos” suyos estaban camino de ello, todos esperaban de él una defensa numantina de aquél oficioso título.

Pero ¿cómo decirlo?

Lo que comenzó como una broma hacía ya más de veinticinco años, había alcanzado unas dimensiones desproporcionadas. Incluso el diario de la ciudad se había interesado por su historia y le habían pedido una entrevista para que les contara con todo detalle sus experiencias y anécdotas por lo maratones del mundo.

Entre sus hazañas destacaban veinte participaciones en Madrid, pero no había quedado ahí la cosa. Primero Valencia, Sevilla o San Sebastián, más tarde Londres, Roma o París y al final Nueva York, Tokio, La Habana…

El principio fue una apuesta. Después, un intento de hacerlo bien, más tarde un darse cuenta de lo que suponía entrenar para correr 42 kilómetros, una renuncia secreta, un reconocimiento de incapacidad… y una falta absoluta de humildad para admitir la realidad.

Unos meses después allí estaba él, en la salida de su primer maratón, con sus amigos y con otros cuantos miles de corredores. En las cabezas de aquellos había ritmos y tiempos de paso. En la suya, un plano del recorrido y otro del metro de Madrid perfectamente estudiados. La primera vez funcionó a la perfección. En tres horas y cincuenta minutos entraba con el grueso del pelotón, recibiendo su medalla y una foto a su paso por meta.

Si funcionó la primera ¿Por qué no la segunda? ¿Y la tercera?

Y así comenzó el reto de terminar maratones sin correrlos.

El esfuerzo del entrenamiento consistía exclusivamente en una rigurosa planificación de entradas y salidas en aquellos puntos estratégicos del recorrido que, con la aparición del chip, complicaron las cosas más de lo que ocurría en los inicios.

Y ¿entrenar? Todo calculado.Cubrir las apariencias.
Los días de diario contaba lo duro que se le hacía salir a las 6 de la mañana, solo y con frío. Los domingos con todo el grupo a la hora convenida, pero siempre unos minutos tarde y al paso por el cruce. “Vengo desde casa corriendo. Ya llevo 10 kilómetros, que he salido a rodar largo”. Un rato con los compas del club y luego “Voy a ir más tranquilo que llevo mucha tralla esta semana”.

El salto internacional fue la guinda. Cuando descubrió que todo estaba en la red. Todo el material necesario para trucar, engañar y continuar con la farsa. Primero algunos menores en Europa, luego los más grandes y al final por cualquier lugar del mundo.

Dorsales, fotos, medallas, diplomas, clasificaciones. Todo.
Unas cuantas descargas de facebook y un poco de Photoshop le situaban cruzando el Tower Bridge, la Puerta de Brandenburgo o el Puente de Carlos V. Su nombre en el diploma y en la clasificación. Allí estaba todo y en todos los formatos. Así que desde casa fue coleccionado maratones que, más tarde, contaba a sus admiradores con fingida humildad. Con una  completa y exhaustiva recopilación de pruebas de todas y cada una de sus hazañas.

Y de pronto, el homenaje.

 “Tengo que confesaros que nunca he corrido un maratón”. Eso y la vergüenza, la humillación y el desprecio de sus compañeros, de su gente, de los vecinos, de todos los que le reconocían su condición de admirable maratoniano.

Eso o … “Vamos a por otros cincuenta, chicos”. Y continuar disfrutando del reconocimiento, el elogio … y sufriendo porque algún día se reconociera la mentira.

Y ¿Dejarlo cuando el mes que viene es Boston?

jueves, 18 de abril de 2019

MARÍA LA PIONERA




Las acelgas hervidas a falta de rehogarlas y el pescado a medio rebozar.

María se lavó las manos embadurnadas de harina, se apartó un mechón de pelo de la cara y se quitó el delantal.

Acababa de escuchar en la radio otra vez lo del primer maratón de Madrid para el próximo mes de mayo y si la primera vez la idea le rondó en la cabeza como uno de esos sueños imposibles, esta vez la sola mención de la carrera la alcanzó como un rayo en mitad de su cerebro. Un latigazo. Una decisión. 
El 21 de mayo de 1978. Quedaban cinco meses.

Se asomó al comedor para comprobar algo que ya sabía de sobra: su marido y sus tres hijos estaban repartidos entre el sofá y el suelo viendo en la tele cómo Curro Jiménez y sus muchachos ayudaban a algún infeliz a salir de los apuros de la vida haciéndose un Robin Hood en versión Serranía de Ronda.

Todo en el orden esperado.

Entró a la habitación de su hijo mayor y se puso su chándal más viejo, de los que ya apenas usaba y las zapatillas de jugar al tenis. Calzaban más o menos el mismo número… o eso creía. ¡Caramba, que pequeñas eran! Otra ojeada al salón para comprobar de nuevo que los bandoleros estaban entreteniendo a su familia lo suficiente como para que no advirtieran su ausencia y un veloz “ahora vengo” que no fue siquiera contestado.

Ya en la puerta se calzó un gorro de lana en la cabeza escondiendo bien el pelo para pasar todo lo desapercibida posible y bajó las escaleras del bloque con la esperanza de no encontrar a nadie.

Abrió la puerta del portal, miró a ambos lados. Horizonte despejado.

Y allí mismo María comenzó a correr camino del parque. De noche y sola. Corriendo, de noche y sola. No alcanzaba a distinguir cuantos latidos de su corazón se debían a la emoción de hacer lo que estaba haciendo y cuantos otros al esfuerzo de correr. Porque María había corrido de joven en el colegio y muy bien. Era una gran deportista. Todo lo que intentaba le salía. Por eso jugó durante todos los cursos del bachillerato en el equipo de baloncesto del colegio de las monjas. Pero después todo acabó y de eso hacía ya más de veinte años.

Su cuerpo había cambiado. Su vida en casa, los tres embarazos, el trabajo de criar los hijos, lavar, planchar, cocinar… nada tenía que ver con el deporte. Nada. Sintió una punzada de tristeza.

Giró la esquina y se dio de bruces con Don Eulogio, el aparejador del tercero, que se sobresaltó al ver a alguien corriendo. No la reconoció. ¿O sí? Pronto lo sabría. Al día siguiente. En cuanto bajara a la calle, los comentarios en el bloque girarían en torno a ella o a Curro Jiménez.

Llegó al parque. La emoción, la fatiga y ahora el miedo. Solitario y oscuro, ese parque sería su lugar de entrenamiento así que o entraba y se demostraba a sí misma la determinación de llevar su idea hasta el final o se volvía a casa, a sus acelgas y a su rutina.

Se detuvo. Miró hacia dentro alerta. ¿Qué esperaba? ¿Fieras? ¿Monstruos? ¿Dragones? ¿Los yonquis del barrio? Atenta a cualquier movimiento dio unos pasos hasta alcanzar el paseo central y desde allí volvió a escrutar a la tenue luz de las farolas los bancos, las entradas laterales. Nadie. No había nadie.

Comenzó a correr. La primera vuelta con los cinco sentidos dedicados a advertir cualquier movimiento o ruido que pudiera suponer un peligro. La segunda más relajada, atenta a la reacción de su cuerpo al esfuerzo y la tercera, eufórica de su hazaña.

Volvió a casa. No sabía cuanto tiempo había estado fuera. Abrió la puerta, asomó la cabeza al comedor con un “ya estoy aquí” sin respuesta, se cambió rápidamente de ropa y terminó de rebozar el pescado.

“Ya está la cena”. Curro Jiménez se alejaba al galope a lomos de su montura en compañía del Estudiante y el Algarrobo.

"Mamá, ¿qué te pasa? ¿Estás bien? ¿Por qué sonríes?"

"¿Y por qué llevas un gorro en la cabeza?"